«En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: “Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que los que entran tengan luz. Nada hay oculto que no llegue a descubrirse, nada secreto que no llegue a saberse o a hacerse público. A ver si me escucháis bien: al que tiene se le dará, al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener”». (Lc 8, 16-18)
“A ver si me escucháis bien”, dice el Señor en este evangelio. Porque muchas veces le escuchamos mal; desde nuestro corazón burgués, acomodado al mundo, queremos esconder la luz debajo de la cama. Nos escondemos por miedo al mundo, nos metemos debajo de la cama, y allí metemos nuestra fe. ¿Acaso puede un enamorado callarse y esconder al mundo su alegría?
“Vosotros sois la luz del mundo”, dice Jesús en otra ocasión (Mt 5,14). ¿Qué será del mundo si le quitamos la luz? Todos los que nos rodean tienen derecho a escuchar, aunque sea una sola vez en su vida, el anuncio del kerigma. Todos han sido creados para encontrarse con la Verdad: el amor de Dios manifestado en Jesucristo.
El Papa Francisco insiste una y otra vez: “Prefiero una iglesia accidentada por salir hacía fuera, a una iglesia enferma encerrada en sí misma”. Salir a las periferias, nos insiste. La lámpara no puede adueñarse de la luz para sí misma.
Los domingos de este último tiempo pascual hemos salido a diez mil plazas del mundo a mostrar nuestra alegría, a manifestar la luz de la fe, a proclamar el kerigma. Hemos sido puestos en el candelero. Sin triunfalismos, porque la luz de Cristo se manifiesta en la humildad y la luz mentirosa del maligno se hace visible en la soberbia y el orgullo, como acaba de recordar estos días el Papa Francisco. Porque contra mayor sea la oscuridad que nos rodea, más brillará la luz, por muy débil que sea, de una lámpara pequeña e insignificante.
¿Qué pintamos tú y yo en la Iglesia? ¿Acaso la lámpara le pregunta a la luz qué pinta ella? No importa la lámpara, solo importa la luz. Basta con que la lámpara no se esconda debajo de la cama por miedo y cobardía. Basta con que la lámpara sea colocada a la vista de todos, para que los que entren tengan luz; para que el que vive en la oscuridad reciba la luz. Basta con que la lámpara, aunque tenga miedo y cobardía, se deje colocar en el lugar que disponga el Señor de la casa.
Hoy celebra la Iglesia la festividad de San Pío de Pietrelcina. El Padre Pío nunca escondió la lámpara de la fe debajo de la cama. Que interceda por nosotros.
Javier Alba

6 comentarios
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