En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.
Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando.
Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.
No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca.
De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé.
Esto os mando: que os améis unos a otros» (San Juan 15, 9-17).
COMENTARIO
Nunca acabamos de descubrir y redescubrir que la única felicidad auténtica y posible en esta vida es saberse amados. Alguna vez escuché esta exclamación que echa por tierra el planteamiento cartesiano: “Soy amado, luego existo”. El amor lo es todo y ¿quién puede ofrecer todo? Solo Dios . Y…lo ha hecho; Él nos amó primero. Cualquier persona, aún sin fe y con un mínimo de honradez capta esta maravillosa realidad. Ahora bien, si Dios nos ha regalado la fe, entonces el amor no tiene fin; como lo han expresado tantos santos. Recuerdo una poesía no muy correcta en la forma pero si en el contenido: “Mi vida es toda de amor/ y si en amor estoy ducho/ es por causa del dolor/ que no hay amante mayor/ que aquel que ha sufrido mucho. En esta línea se encuentra el pasaje del Evangelio que hoy comentamos. Dio nos crea por amor. Nos da una característica imponente, quizás con la que más nos parecemos a Él, la libertad. Y el hombre la usa mal. Y Dios no le abandona, sino que nos envía a su Hijo, que nos redime muriendo en la cruz para luego resucitar. Que restaña la libertad perdida, que nos abre el corazón a amor. Nos enseña el camino del amor. Por eso, este Evangelio nos anima a esforzarnos por guardar los mandamientos divinos, por imitar a Jesús que nos ha amado primero y nos lo ha mostrado. Que no tengamos miedo a imitar a Jesús, perfecto Dios, perfecto Hombre y que es nada menos que el Amor de nuestros amores.
