Pedro, volviéndose, vio que les seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?» Al verlo, Pedro dice a Jesús: «Señor, y este, ¿qué?». Jesús le contesta: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme». Entonces se empezó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no moriría. Pero no le dijo Jesús que no moriría, sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué?». Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir (San Juan 21, 10-25).
COMENTARIO
Nos encontramos en el umbral del final del tiempo litúrgico de la Pascua, mañana celebramos la Solemnidad de Pentecostés con la que clausuraremos la cincuentena pascual, y, en la liturgia de la Palabra de hoy, el Señor nos dice, como a Pedro, “Tú, sígueme” (v. 22). También, llegamos al final del Evangelio de san Juan. Y este cierre no es una despedida, sino una llamada, una invitación personal de Cristo que resuena también para cada uno de nosotros: “Tú, sígueme”.
Pedro, después de haber recibido su misión como pastor del rebaño, se vuelve hacia el discípulo amado. Surge en él una curiosidad humana: ¿y este qué? Pero Jesús no le permite distraerse. Le dice, con firmeza y ternura: “¿A ti qué? Tú, sígueme.”
En el Evangelio de hoy (Juan 21, 20-25), Jesús concluye su diálogo con Pedro con una frase breve, contundente y personal: “Tú, sígueme.” Esta no es solo una despedida, ni una fórmula espiritual: es el corazón del discipulado cristiano, una palabra viva que atraviesa los siglos y llega hoy a cada uno de nosotros.
¿Cuántas veces dice Jesús “Sígueme” en los Evangelios? Si examinamos los Evangelios sinópticos y el de san Juan, encontramos que Jesús dice “Sígueme” al menos 13 veces directamente, aunque la invitación al seguimiento está presente muchas más veces de forma implícita. Algunas de las más significativas: A Simón y Andrés: «Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres» (Mt 4,19). A Mateo, el publicano: «Sígueme» (Mt 9,9; Mc 2,14; Lc 5,27). Al joven rico: «Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes… y luego ven y sígueme» (Mt 19,21). A otro discípulo que quería esperar la muerte de su padre: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos» (Mt 8,22). A Pedro, después de su triple confesión de amor: «Tú, sígueme» (Jn 21,19.22).
Esto nos muestra que el llamado al seguimiento no fue ocasional ni genérico: fue una constante en la predicación de Jesús, una llamada radical, personal y transformadora. ¿Qué significa seguir a Jesús? Dejar algo atrás, seguir a Jesús implica una ruptura: dejar la barca, la red, el mostrador de los impuestos, la seguridad de lo conocido. Implica una elección que nos descentra y nos pone en camino. Nadie sigue a Cristo desde la comodidad de la indiferencia; caminar tras sus huellas
no es seguir una idea o un ideal abstracto, sino a una Persona viva. Seguir a Jesús es asumir su estilo, su cruz, su mirada sobre el mundo. Es dejar que nuestra vida se modele por la suya; entrar en una relación viva y constante. La llamada “sígueme” no es una orden puntual, sino una invitación permanente a la comunión. Jesús no busca seguidores a distancia ni virtuales, sino discípulos que estén con Él, aprendan de Él y vivan como Él; aceptar el misterio del otro. En Juan 21, Pedro pregunta por el destino del discípulo amado, y Jesús le responde:“¿A ti qué? Tú, sígueme.”
El seguimiento no permite distracciones comparativas. Cada uno es llamado por su nombre, con una historia única, con un camino personal. Hoy, Jesús sigue diciendo: “Tú, sígueme.” Lo dice al joven que busca su vocación. Lo dice al adulto que se siente llamado a cambiar de vida.
Lo dice al enfermo que quiere cargar su cruz con sentido.
Lo dice al sacerdote, al consagrado, al padre de familia, al trabajador, al migrante, al anciano… ¿Cómo respondes tú a esa voz?
¿Has hecho del seguimiento de Cristo el eje de tu vida?
¿O sigues viviendo de manera dispersa, con un pie en el Evangelio y otro en el mundo? La vida cristiana no consiste solo en creer en Jesús, sino en seguirlo cada día. No basta admirarlo: hay que imitarlo. No basta saber quién es: hay que caminar tras Él, con la cruz al hombro, con la esperanza en el corazón.
Hoy Jesús nos repite, como a Pedro, como al joven rico, como a Mateo: “Tú, sígueme”.
