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Evangelio

“LA PAGA”

By Pablo Morata26 de marzo de 2022Actualizado:7 de abril de 2022No hay comentarios4 Mins de lectura
Reflexión sobre el evangelio de hoy Sabado
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En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “Oh, Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.
El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Oh, Dios!, ten compasión de este pecador”.
Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (San Lucas 18, 9-14).

COMENTARIO

Permitidme que haga este comentario contando un par de anécdotas personales.

La primera de ellas se remonta a esa época en que empezamos a dejar de ser niños y tampoco somos adolescentes y que junto con la primera pelusilla de la cara afloran los síntomas provocados por una creciente ebullición de hormonas cuya sintomatología se manifiesta en actitud rebelde hacia los progenitores y cuya diagnosis nos es complicada: “edad del pavo”.

Era domingo, ocasión para echar un pulso a mi madre y levantarme a la hora que me diese la gana. Pasadas con creces las doce de mediodía, casi la hora a la que solíamos quedar en “los futbolines”, antes de salir de casa me dirigí a mi madre y sin tan siquiera dar los buenos días, le dije de manera escueta y asertiva: “Mamá, la paga”.

– “¿Por qué tengo que darte la paga?”, me objetó.

-“Porque es domingo”, contesté convencido.

-“¿Has ido a misa?”

“Ya te he dicho que no tenía ganas de levantarme, que hoy no pensaba ir”, le refute. A lo que ella sentenció: “Si no es domingo para ir a misa, no es domingo para “paga”. Así que, tuve que ir a la misa vespertina, que era la que más me aburría (no había cantos ni más niños) y, además, actuar (en el más literal sentido de la palabra) como monaguillo para hacerme ver, por si mi madre preguntaba a alguna vecina si me habían visto en la iglesia. Lo único positivo que saqué, fue que la paga me duró hasta el lunes.

La segunda fue hace unos pocos meses, cuando tras los momentos más duros de la pandemia se pudieron retomar las celebraciones presenciales en el templo, eso sí con las lógicas restricciones sanitarias.

Recibí una llamada de número desconocido, cuya conversación recuerdo de forma casi literal y que fue la siguiente:

– “¿En su parroquia se celebra la Santa Misa?”

– “Por supuesto que sí”, contesté, “es más, no ha dejado de celebrarse. Ahora con participación de los fieles.”

Y añadió: -“¿Y en su parroquia se puede recibir la Sagrada Comunión?”

– “Por supuesto que sí”, reiteré.

Y ya de manera más incisiva, especificó:

– “¿En la boca?”.

El tono de la pregunta me hizo desconfiar de que fuese solamente una cuestión piadosa y de forma segura y convencida le rebatí:

– “Mire, es un acto de caridad con el prójimo no poner en riesgo innecesario la salud propia o ajena, así que si no es por causa de fuerza mayor, por ejemplo que usted sea manco, en principio no se da la Comunión en la boca.” A lo que él me replicó con cierta vehemencia y bastante altanería:

-“Es que yo tengo derecho a recibir la Comunión en la boca”.

Muy confiado en mí mismo y con toda rectitud, le increpé diciendo:

– “Mire, yo no sé si usted tendrá derecho o no. Le recuerdo que, yo al menos, antes de recibir el Cuerpo de Cristo, digo, y así lo reconozco, que no soy digno de que entres en mi casa…”

Notablemente enfadado, acabó su conversación sentenciando:

– “¡Ustedes tendrán que dar cuenta de los sacrilegios que están cometiendo!”. Con lo que me dio pie para concluir:

– “Si el día que tenga que comparecer ante el Padre Eterno, lo único que tenga que echarme en cara es esto, lo firmo ahora mismo”. Eso sí, sin el menor atisbo de desprecio; que ya se puede ver que a humilde no me gana nadie.

Ahora me pongo delante de esta parábola del evangelio de hoy y lo primero que leo es que tiene destinatarios concretos: “algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás.” Y tengo que traer a la memoria que yo, ya desde niño, también iba al templo con el ánimo de recibir “la paga”.

“Si eres humilde, nada te puede dañar, ni los elogios, ni la vergüenza, porque sabes lo que eres.” –Sta. Teresa de Calcuta-

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