En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros» (San Lucas 6, 36-38).
COMENTARIO
Cuando nos preguntamos cual es la razón por la que todos los seres humanos estamos inclinados a juzgar a los demás, probablemente encontramos la respuesta en nuestra propia debilidad y en la dificultad para mirar nuestro interior y analizar nuestras acciones con total sinceridad y honestidad.
Parece como si, un cierto sentimiento de superioridad nos embarga cuando establecemos el juicio sobre las personas que nos rodean, como si alguien nos hubiera otorgado la capacidad de someter a los demás a nuestro castigo, a nuestro escrutinio.
El problema más grave es que, los juicios que salen de nuestra boca no suelen ser bondades sino infamias e insultos, confrontando el comportamiento de los demás a su propia moral.
Nuestro Señor Jesús conoce bien nuestra alma y, por eso, nos pone ante el espejo de nuestra propia incoherencia y aludiendo al espíritu misericordioso del Padre que nos perdonó hasta entregar su Vida por nuestras faltas.
Cada vez que emitimos un juicio que condena a un hermano, manchamos nuestras manos de sangre y matamos un poco de su ser.
El juicio, la maledicencia, el insulto produce el efecto contrario al amor y, extiende el mal en el mundo. El juicio nunca genera vida, amor, bondad: el juicio en sí mismo, mata a quien juzga y a quien es juzgado.
Lo contrario al juicio es la misericordia, el gran regalo que Dios entregó al hombre y sin el que sería imposible salvarse. Pero la misericordia no llega a nosotros cuando nuestro interior se inunda del odio que genera el juicio y por eso, el Señor hoy nos recuerda en su Evangelio: “no juzguéis, y no seréis juzgados” para continuar diciendo “os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros».
Es muy sencillo, si queremos recibir misericordia de Dios para salvarnos, seamos nosotros dispensadores también de misericordia hacia nuestros hermanos cuando sus acciones no nos gusten o, simplemente nos inclinen a juzgarles.
