En aquel tiempo, Jesús gritó diciendo: «El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas.
Al que oiga mis palabras y no las cumpla, yo no lo juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no acepta mis palabras tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he pronunciado, esa lo juzgará en el último día. Porque yo no he hablado por cuenta mía; el Padre que me envió es quien me ha ordenado lo que he de decir y cómo he de hablar. Y sé que su mandato es vida eterna. Por tanto, lo que yo hablo, lo hablo como me ha encargado el Padre» (San Juan 12, 44-50).
COMENTARIO
Gritó: yo soy la luz y conmigo no hay tinieblas.
Lo primero que aparece en este fragmento es un grito. Llama la atención esa expresión porque no es el modo en el que normalmente se exponen unas ideas o unos pensamientos. Un grito es algo expresivo, muy expresivo, emocional y también es llamar la atención, implicar emocionalmente a quien te escucha.
Y gritó: Yo soy la luz. Vengo de la luz. Quiero llevaros a la luz.
¿Qué significa luz y qué significa tinieblas?
Con luz todo está al descubierto.
Las tinieblas esconden y ocultan.
Yo soy la luz y a mi vera todo tiene sentido, encuentras sentido a todas las cosas, descubres en cada instante el aliento amoroso de Dios, que te da la vida.
En tinieblas la existencia se circunscribe a sí misma, no hay contornos, todo es autorreferencial: no hay trascendencia.
La diferencia entre la luz y las tinieblas es la distancia entre la vida y la muerte.
El tema de la luz es el alfa y la omega de la Escritura.
Empieza el Génesis diciendo: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas. Dijo Dios: «Haya luz», y hubo luz. Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó Dios la luz de la oscuridad; y llamó Dios a la luz «día», y a la oscuridad la llamó «noche». Y atardeció y amaneció: día primero.» (Gn 1, 1-5)
(Ap 22, 1-5): «Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones. Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán, y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes. No habrá allí más noche; y no tienen necesidad de luz de lámpara, ni de luz del sol, porque Dios el Señor los iluminará; y reinarán por los siglos de los siglos.»
Pero Jesús va más allá: yo soy la luz, pero no de una forma pasiva, para iluminar lo que estaba a oscuras, sino que he venido a salvar al mundo.
Esa es la misión de Jesús: iluminar y salvar. Confrontar nuestra existencia a la luz de su Palabra revelada para que podamos encontrar el camino de la Vida Eterna.
Y esa misión es la que le impulsa a gritar.
Pero vayamos un poco más allá: ¿Cuál es el juicio al que se enfrenta todo hombre?
El trono desde donde el rey emite su juicio es justamente la Cruz. Sus cinco llagas son el pliego de cargos: ese es el precio de la redención. Esa es la palabra que te juzga. Es la Misericordia.
¡Bendigamos al Señor!

1 comentario
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