En aquel tiempo, Jesús fue a su tierra en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba se preguntaba con asombro: “¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros? ¿Qué no es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas?” Y estaban desconcertados.
Pero Jesús les dijo: “Todos honran a un profeta, menos los de su tierra, sus parientes y los de su casa”. Y no pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente. Luego se fue a enseñar en los pueblos vecinos (San Marcos 6, 1-6).
COMENTARIO
Este pasaje evangélico está recogido de diversas formas en los cuatro evangelistas: Lucas en tres capítulos, Juan también en tres y Mateo en uno, es el único que define a Jesús como artesano cuando los vecinos que le rodean preguntan asombrados:”¿no es este el artesano?”
En el capítulo anterior, Marcos narra cómo Jesús va a Nazaret, la tierra donde se ha criado es sábado, entra en la sinagoga y se presenta como protagonista de la profecía de Isaías (61,1-2).
La imagen es impactante y la autoridad divina que emana de Jesús, deja admirados a los que le rodean, pero después comienzan las sospechas, los comentarios envidiosos, los juicios infundados; se admiran, pero sienten rechazo con una equivocada postura de menosprecio de Jesús, solo por su vecindad y cotidianeidad y su oficio de artesano. El trabajo de carpintero no era de los humillantes o depreciados, todos tenían necesidad de aperos de labranza, y menaje para el normal funcionar doméstico; por supuesto tampoco era de los socialmente importantes poseedores de tierras y riqueza. El hijo de Dios es un hombre que vive de su trabajo. “En Nazaret la casa del ‘Hijo del Carpintero’, aquí es donde desearíamos comprender y celebrar la ley severa y redentora del trabajo humano” (Pablo VI, discurso 5 1-1964, en Nazaret)
Sus vecinos se extrañan de que, sin ser un rabino o maestro de la ley, exponga públicamente su relación con Dios, y se atreva a comentar las escrituras. “Todos honran al profeta-dice Jesús- menos los de su tierra, sus parientes y los de su casa.” y no pudo hacer allí ningún milagro.
También hoy en cualquier aspecto de la historia, cultura o el arte, nos impresionan los títulos, las publicaciones y las famas de internet de los que escriben o disertan, igual que en lo religioso se supone que para predicar o enseñar, dar un retiro o predicar unos ejercicios espirituales, tienen un mayor crédito o preferencia los sacerdotes, los consagrados o al menos los titulados en teología y estudios similares. Aunque la Iglesia admite a laicos catequistas para la preparación de los niños a la primera Comunión y en los cursos matrimoniales, con más o menos preparación.
Parece que, a Dios a veces le gusta jugar con nuestras boberías, huye de lo grande, para dejarnos con la boca abierta.
Porque el espíritu de Dios puede hacerse presente en cualquier lugar y hablar por boca de la persona menos pensada.
Es conveniente estar atentos, sin prejuicios, para no dejar pasar lo que en labios sencillos puede ser una luz de profeta en nuestra vida, necesaria para renovar nuestros oxidados esquemas.
