En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera» (San Mateo 11, 28-30).
COMENTARIO
Sinceramente, me encuentro cansado… físicamente. Y agobiado… psicológicamente. A estas alturas de curso y con la canícula encima, sé que no me pasa a mí solo. Me encuentro como tantos otros muchos contando los días que faltan para unas, probablemente no merecidas, pero sí necesarias vacaciones. También, como tantos otros muchos buscando un lugar donde pausar la rutina, donde reposar. Pero ¿supone esto encontrar el “descanso”?
“Descansar” no significa conceder una tregua a las labores ordinarias, tampoco poner el tedio en “modo avión”. Se puede ir a donde no hacer nada y volver más cansado que en el punto de partida. Puede que descanse el cuerpo, pero ¿cómo encontrar descanso para el alma?
El descanso; el “shabat” es la capacidad de poder contemplar los seis días de trajín previos como una actividad creadora y poder contemplar estos, desde la perspectiva del Séptimo exclamando: ¡Todo está bien hecho!
Y es precisamente el desorden interno y externo lo que me impide descansar, vivir esta exclamación, e incluso ver que todo lo realizado puede parecerse al trabajo estéril de Penélope del destejer de noche lo tejido durante el día.
Oigo la voz de quien me llama y me promete alivio, bálsamo para el alma. Pero me pide tomar un yugo. Y yo, me resisto a ser uncido. Aunque me prometa que se trata de un yugo llevadero y una carga ligera; no deja de ser yugo. No deja de ser carga. Y yo, me resisto.
Pero siempre hay otro yugo que me unce. Un buey brioso que me fuerza a ir deprisa, deprisa, sin dejar que la reja del arado llegue a profundizar en hacer un surco capaz de acoger la semilla que dará fruto a su tiempo; y cuto resultado final se reduce a la superficialidad.
También me puedo uncir a otro yugo, tirado por el buey viejo, que los años lo han vuelto perezoso: ¡Para qué esforzarse en hacer un duro trabajo del que va a ser otro quien se lleva el fruto! Además, hasta te ponen un bozal por si acaso se te ocurre comer una espiga mientras vas trillando. La tentación es pararse. Tirar la toalla…
Ambos yugos me fatigan, me provocan dolor y me van haciendo, como el pueblo de Israel, duro de cerviz.
Señor, que pueda aprender de Ti, manso y humilde de corazón. Y como yugo, lo que se dice yugo, lo voy a tener que llevar; que sepa caminar al paso que Tú me marcas, porque sólo Tú eres descanso para nuestras almas.
