En aquellos mismos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a un a ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá» (San Lucas 1, 39-45).
COMENTARIO
El relato de la Visitación que se proclama este cuarto Domingo nos pone delante la figura central del Adviento: María la embarazada de Dios que diligentemente sale al encuentro de su prima Isabel para ponerse a su servicio.
El misterio de la «Visitación de María a Isabel» no solo es el paradigma de la evangelización que consiste en llevar y presentar a todos los hombres a Cristo, sino que también es el modelo del estilo mariano que debe acompañar toda la actividad evangelizadora de la Iglesia. Con estas palabras nos lo ha recordado el Papa Francisco en Evangelii gaudium: «Cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes. Mirándola descubrimos que la misma que alababa a Dios porque «derribó de su trono a los poderosos» y «despidió vacíos a los ricos» (Lc 1,52.53) es la que pone calidez de hogar en nuestra búsqueda de justicia. Es también la que conserva cuidadosamente «todas las cosas meditándolas en su corazón» (Lc 2,19). María sabe reconocer las huellas del Espíritu de Dios en los grandes acontecimientos y también en aquellos que parecen imperceptibles. Es contemplativa del misterio de Dios en el mundo, en la historia y en la vida cotidiana de cada uno y de todos. Es la mujer orante y trabajadora en Nazaret, y también es nuestra Señora de la prontitud, la que sale de su pueblo para auxiliar a los demás «sin demora» (Lc 1,39). Esta dinámica de justicia y ternura, de contemplar y caminar hacia los demás, es lo que hace de ella un modelo eclesial para la evangelización» (n. 288).
Evangelizar significa engendrar por la fe a Jesús en nuestros corazones. La íntima conexión entre María, la Iglesia y cada fiel, en cuanto que, de diversas maneras, engendran a Cristo, ha sido bellamente expresada por el beato Isaac de Stella: «En las Escrituras divinamente inspiradas, lo que se entiende en general de la Iglesia, virgen y madre, se entiende en particular de la Virgen María. También se puede decir que cada alma fiel es esposa del Verbo de Dios, madre de Cristo, hija y hermana, virgen y madre fecunda. Cristo permaneció nueve meses en el seno de María; permanecerá en el tabernáculo de la fe de la Iglesia hasta la consumación de los siglos; y en el conocimiento y en el amor del alma fiel por los siglos de los siglos». Y San Agustín se preguntaba: “¿Nos atreveremos a llamarnos madres de Cristo? Sí, puesto que lo somos”.
Preparémonos a vivir el nacimiento del Hijo de Dios muy unidos a María, Madre de la Misericordia y Señora de la Prontitud. En la escuela de Belén nos enseñará a tener sus mismos ojos misericordiosos y su corazón diligente para amar y servir. Que Nuestra Señora de la Esperanza en este Adviento jubilar nos ayude a vivir el Misterio de la Natividad del Hijo de Dios con sencillez y humildad.

2 comentarios
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