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Home»Artículos-Revistas»BuenaNueva 35»Lidia Troya Cáceres: “He encontrado un nuevo y revolucionario modo de vivir”
BuenaNueva 35

Lidia Troya Cáceres: “He encontrado un nuevo y revolucionario modo de vivir”

By BuenaNueva6 de julio de 20121 comentario7 Mins de lectura
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Victoria Luque

 

Lidia, tienes 26 años y eres novicia, discípula del Divino Maestro; pero ¿cómo has llegado hasta aquí? ¿Cómo ha sido tu camino de fe?

Jamás habría imaginado mi vida así, es decir (y según mi abuela), siendo «monja» pero, como dice la canción, «¡sorpresas te da la vida!» y algunas muy gratas… Como toda joven que se cree dueña de su propia existencia, yo estudiaba y planificaba mi futuro. Creo que no es preciso aclarar qué clase de futuro: un buen puesto de trabajo, viajes, hijos… Mi mundo era el de las apariencias, ese en el que desgraciadamente se juega hoy la vida y que nos hace hombres y mujeres «light». Un mundo en el que lo importante son los títulos académicos, el modelito que te pones, la marca del coche que conduces, etc., etc., etc., ¡como si lo que poseemos y hacemos fuera nos confiriese nuestra más profunda identidad! En este ambiente así de elevado no había lugar para un Dios humilde, que se abaja y despoja hasta una muerte de cruz, y para quien los que cuentan son los pequeños, los débiles.

Así vivía. Así viví durante algunos años, tan cómodamente como infeliz y desfragmentada, sin sentido, sin rumbo y sin noticias de Dios. Intentaba encontrar una respuesta al dolor, al sufrimiento y a los interrogantes más profundos con los que a todos, antes o después, nos confronta la vida. Pero no la hallaba. Como tampoco conocía la auténtica felicidad. Mi familia es religiosa por tradición. En mi pequeño pueblo de Granada hay tres días en los que la iglesia se llena: la Virgen de la Cabeza, el patrón, San Sebastián, y, si no han decaído, los de las primeras comuniones, convertidas en bulliciosa pasarela de moda… Si la fe no se hace experiencia, no sirve. Si nuestra religión no transforma la vida y la vida no interpela la religión, esta pierde su valor y su sentido. Entonces ¿para qué ir a la iglesia?, me preguntaba. Y, de hecho, no iba.

¿Cuándo se produjo la ruptura con esta vida «light»?

Me faltaban pocos meses para acabar el Instituto y comenzar la Universidad. En medio de todo el caos, una sucesión de luminosos e inesperados acontecimientos: el camino de Santiago con el tránsito incesante de peregrinos; la amistad de una profesora y su entrañable familia, que me conduce a las comunidades neocatecumenales donde comienzo a intuir algo de Dios, y la experiencia del enamoramiento… No, no fueron simples casualidades. La casualidad no existe. Yo lo llamo Providencia y nube de testigos, presencias luminosas que me condujeron hacia la luz. Algo comienza a despertarse en mí; mi vida quiere adquirir otra tonalidad…

Y, como digo, sin avisar, también llegó el turno del amor. Conocí a un chico e iniciamos un noviazgo. Él, un joven fuertemente tocado por Dios, ha sido uno de los parteros de mi alma: entre otras muchas cosas buenas, me introdujo en el universo de la trascendencia y la interioridad. Pero después de más de cuatro años, nuestro compromiso se acabó. Una fuerza más grande que la de nuestro amor lo empujaba a él en otra dirección: la cartuja de Miraflores, en Burgos. Sí, dado el escaso número de monjes cartujos, estadísticamente hay más posibilidad de ser agraciado con la lotería que de que tu novio sea cartujo… ¡y me tocó a mí! ¿Habla el Señor o no?

Mis planes se hicieron añicos. Apenas tenía 23 años y, otra vez arrastraba la vida. Una pregunta me reconcomía: ¿Quién? ¿Quién es ese Dios para que un hombre enamorado lo deje todo por Él…? Como herencia, antes de partir, me dio su resistente crucifijo de madera, el cual fue objeto de mi rabia e incomprensión una salvífica noche de marzo. Eran las dos y media de una fría madrugada, año 2007. Regresaba a casa después de lo que quería ser una noche de marcha entre conocidos. Mi intento de alienarme fue fallido y, antes de lo previsto, me vi en el sillón del salón abatida, con los ojos fijos en el crucifijo. Como los orantes bíblicos, lloraba, gritaba y gemía desesperanzada. Tenía mil preguntas y ninguna respuesta: solo una cruz y el silencio. La noche avanzaba y el dolor se intensificaba… Con todas mis fuerzas, llena de ira y de reproches, cogí el crucifijo y lo lancé contra la pared, a cuatro metros. Pasados unos instantes, más serena, fui a recogerlo… Lo que sucedió después no lo sé… Una gran paz, una certeza —«Dios estaba aquí y yo no lo sabía» (Gén 28,16)— , y dos libertades encontradas: la de Dios-Amor que me precedía y la mía que dejó de luchar…: «Me has seducido, Señor, y me has podido». (Jer 20,7)

Y a partir de aquí, ¿ qué pasó?

A partir de aquí, me sentí llevada. Por otro cúmulo de sorprendentes «casualidades» llegué a un pequeño y encantador pueblecito del Alto Tajo, Buenafuente del Sistal, en Guadalajara, en donde aprendí a dejarme asombrar por un Dios desconcertante. Allí, mis queridas monjas cistercienses mantienen la oración incesante desde hace siglos y el ritmo lo marcan las campanas. Después de unas semanas de soledad y discernimiento, y cuando teóricamente yo ya no tenía que estar allí, aparecieron cuatro discípulas del Divino Maestro, entre ellas, Conchi, otra de las «parteras» de mi alma. En el tiempo de discernimiento, yo me había dado cuenta de que la vida contemplativa me atraía vivamente, pero también la vida apostólica entre la gente. Es más, comencé a sentir la urgencia apasionada de comunicar a todos este Dios que había descubierto como Amor y como Vida. Me pareció que esta llamada a la mística y al servicio correspondía con el carisma de la que ahora es mi congregación y, poco a poco, el Señor me atrajo a este otro lugar para ser su discípula. Hace más de tres años decidí emprender un nuevo camino en mi vida, el que hoy me ha traído a Roma, donde vivo y donde junto a mis compañeras, Josefina y Magdalena, y el resto de hermanas, no ceso de buscar el rostro de Aquel que nos busca primero: el Dios de la vida y vida abundante.

Es decir, que has pasado de atea a monja…

Sí, yo era una atea que rechazaba a Cristo crucificado y que proclamaba como el filósofo: «Dios ha muerto»; pero encontré el amor del alma mía, lo he abrazado y no lo dejaré jamás, como dice el Cantar de los cantares. ¿Que cómo me he topado con este Amor? ¿Que qué he hecho? ¡Nada! ¡Nada especial! Basta dejarse encontrar en el silencio y en la escucha atenta para descubrir que somos habitados por alguien más que nosotros mismos. Es en la desnudez de todas nuestras obras y proyectos, en el silencio de los recuerdos, las preocupaciones y los agobios, cuando su Presencia y su Palabra se hacen perceptibles. Quiero decir también que en todo este itinerario he hecho un hallazgo, quizás el más importante de todos mis días: la vida solo es hermosa cuando está llena de amor. Y he encontrado un nuevo y revolucionario modo de vivir: el de Jesús, el de la donación, porque la auténtica felicidad tiene que ver con el servicio.

¿Qué les dirías a los jóvenes que están buscando un sentido a su vida?

Yo les diría, como el Papa Juan Pablo II decía con tanto coraje: «¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!»

buenanueva35 Victoria-Luque
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1 comentario

  1. maria jose del hoyo el 1 de marzo de 2013 23:35

    me he quedado impresionada con lo que cuentas. He rezado muchisimo por tí para que llegaras, ahora pediré para que sigas .

    Responder
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