En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día”, Entonces decía a todos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo?” (San Lucas 9, 22-25).
COMENTARIO
En este fragmento de Lucas encontramos dos destinatarios. Jesús habla a sus discípulos, pero luego pasa a dirigirse “a todos”.
A los discípulos les dice sin tapujos lo que le espera. Seguro que escucharon, pero no entendieron. En el sentido de que aquello que no puede ser rel… ni se escucha. Si nos hemos hecho discípulos de Jesús porque hemos contemplado sus prodigios y milagros, barruntando que en verdad sea el Mesías Salvador, y lo acompañamos esperando algún beneficio; porque en su reino habrá muchos cargos y privilegios a repartir (aunque ya se hayan postulado dos para sentarse a su izquierda y a su derecha), estamos completamente equivocados. A nuestra codicia y ambición Jesús opone su sinceridad. Él dice, con toda claridad, lo que le va suceder, precisamente por ser el Hijo del Hombre.
Puede ser que algunos entendieran algo, referente al enfrentamiento con las autoridades religiosas (ancianos, sumos sacerdotes y escribas), porque algún contraste sí habían comprobado pero, con toda probabilidad, lo de su “ejecución” no la comprendieron; y lo de resucitar al tercer día menos aún, ni siquiera lo oyeron. Lo que no puede ser no puede ser, y seguramente – solemos pensar – no he escuchado bien lo que se ha dicho. Esto nos ocurre cotidianamente; lo que oímos sólo lo escuchamos si enlaza con las palabras o ideas que ya están en nuestra cabeza. Todo lo reconducimos a nuestros esquemas.
Nada tiene pues de extraño que el evangelista no recoja ninguna reacción a las impactantes revelaciones de Jesús; señal de que no las habían asimilado, ni siquiera entendido.
Pero Jesús, que es la Verdad, sólo puede decir la verdad, y Él la conoce, por eso la anuncia con total claridad. Sus palabras son sinceras y desvelan sin medias tintas lo que le va a ocurrir. Quizás algún estudioso supiera lo previsto para el Hijo del Hombre en las Escrituras, por eso se identifica como tal Hijo del Hombre, conozcan o no las profecías, Él se presenta como Hijo del Hombre. Y dice la verdad, en Él no hay engaño, lo cual comporta el doloroso ejercicio de “desengañar” a los que se han formado una idea errada de Él y de su misión. Decir la verdad no es un mero ejercicio de comunicación, sino de persuasión hasta cerciorarse de que el auditorio ha comprendido bien y cabalmente la verdad expuesta con sinceridad. Bueno es, claro está, reconocerle “autoridad”, contrapuesta a los vacuos y acomodaticios escribas. Pero no basta; es menester escuchar y asumir el asombroso anuncio de su resurrección.
A “todos”, es decir a los discípulos y a los que no lo eran, les anuncia en esencia lo mismo: la salvación.
Hay ciertamente una depuración de la voluntad del discípulo, que se traduce a seguirlo a Él, pero ello comporta -! corazón indiviso ¡- negarse a sí mismo y cargar la cruz de cada día. No deja de ser desconcertante que Jesús utilice la palabra “cruz” como las dificultades y problemas de la vida (y no como instrumento de suplicio mortal, aquí), pero el sentido es claro: seguirlo desde la realidad de cada cual. Lo aclara con las dos máximas siguientes, que han marcado la biografía de muchos santos, y, de toda la Humanidad.
El que pierda su vida por mí, se salvará. Importa subrayar el “por mí”, ya que en la práctica todos perdemos la vida, mayormente buscando cosas fútiles, cazando aire, procrastinando la felicidad, destrozando nuestra vida y la de los que nos rodean. Pero aquí se nos invita a una oblación personal casualizada en Él. Hacer su voluntad, en definitiva.
La segunda máxima, formulada como pregunta, sólo merece el asentimiento pleno. De nada sirve ganar “el mundo” si uno mismo “se pierde”. Jesús habla con sinceridad, aunque la verdad incomode, o, como al joven rico, haga desistir de su seguimiento. Por eso hay que prestar atención a los desenlaces; Él será perseguido, repudiado y ajusticiado, pero resucitará, y el que pierda su vida por Jesucristo, se salvará. No habrá desperdiciado su vida. Apoyarse en Él es lo único seguro, la roca firme, la que elimina la angustia, el desasosiego, la frustración, la incertidumbre y la duda: la vacilación (Is 20,16). No hay otra alternativa, sólo Él salva, con su resurrección se acredita “kyrios”, Hijo de Dios.
