En unas recientes declaraciones en el Washington Post, el Presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero preveía que los próximos pasos en la realización de la Agenda Radical serían la extensión del aborto —lo que en España sólo puede significar la aún mayor promoción de la práctica— y la legalización del suicidio asistido.
En cierto sentido podría parecer que es paradójico que el radicalismo haga del homicidio en diversas formas su principal bandera. En efecto, en los viejos estudios sociológicos tanto el aborto como el suicidio aparecen dentro de las prácticas que deben reducirse. Se trata de males sociales, de lacras que tienen que superarse. En el aborto, el movimiento radical aún mantenía cierta hipocresía, se nos decía que había que reducir la criminalización de las conductas y favorecer que la práctica detestable se realizara dentro de ciertas condiciones de seguridad.
Sorprendentemente, en el suicidio asistido no parecen existir los males sociales que deben superarse. No hay condenas por suicidio asistido, ni supuestas cifras de suicidios encubiertos, ni personas criminalizadas que esperen ser redimidas de su trágica situación. En consecuencia, el suicidio asistido aparece más como un objetivo que debe fomentarse que como una práctica extendida a la que hay que dar respuesta de una forma más racional que la mera criminalización.
mi vida y mi muerte en manos del gobierno de turno
En el suicidio asistido se parte de una sorprendente petición de principio, muy discutible desde el punto de vista del Derecho. En efecto, la primera argumentación parte de la base de que el hecho de que no se sancione la práctica suicida debe indicar una indiferencia del ordenamiento respecto a la acción suicida y la imposibilidad de sancionar a quienes asistan en la propia acción homicida. Es más, la asistencia pasa de ser una conducta jurídicamente sancionada a ser una acción moralmente fomentada.
Dicho de otra forma, el personal sanitario que ayuda al suicidio cumple con su obligación y realiza la conducta que los radicales quieren que sea la conducta normal. Desde las razones tradicionales para no sancionar el suicidio, el argumento no tiene ningún sentido. En efecto, si la sanción no cumple sus fines respecto al suicida, pues no es disuasoria y tiende a aplicarse sobre terceros, sí lo es respecto a los asistentes al suicidio, pues la aplicación de la pena afecta a las conductas de quienes ayuden al homicidio y es claramente disuasoria. En efecto, parece que con una adecuada política criminal se puede evitar que los médicos ayuden a ciertas personas a que se maten.
Conviene detenerse en el argumento principal que apoya al suicidio asistido, que es exactamente el mismo que afecta a la eutanasia en sentido estricto. En efecto, no parece que estemos por fomentar la acción homicida en todos los casos, sino sólo en aquellos que existe un juicio público sobre la idoneidad de la acción. Dicho de otra forma, la comunidad, y especialmente los radicales que forman la oligarquía gobernante, describen la vida de ciertas personas como dignas de suicidio y en esos casos pasan a considerar que la acción pública debe ser que se ayude a la decisión.
De hecho, aún con la práctica penalizada estamos viendo como se fomenta la extensión de la propaganda para la supuesta acción suicida entre los jefes de atención primaria. Mientras otras guías de comportamiento como la que pretendía reducir los embarazos adolescentes con la abstinencia sexual, provocan hipócritas reacciones que afectan incluso a poderes públicos no claramente radicales, el fomento de la práctica criminalizada, por mucho que sea contemplada por los buenos ojos del político de la ceja, no parece producir la misma respuesta social.
la pasividad ante la vida ajena es un sí a la muerte
Tan preocupante como el efecto jurídico es la consecuencia moral que subyace a esta decisión. Nuestra sociedad se ha acostumbrado con el aborto prácticamente libre a la libre disposición sobre la vida ajena. Hay un enorme discurso de preocupación social y una comunidad que padece una indiferencia desconocida desde la Antigüedad. Con el denominado suicidio asistido se incide en esta línea, fomentando la falta de compromiso respecto al prójimo, aún el más cercano. Esta indiferencia, disfrazada de discurso sobre la autonomía de los menos autónomos, describe a nuestra comunidad de una forma mucho más precisa que los discursos de propaganda de los núcleos gobernantes. Hace dos mil años el anuncio de una esperanza real, llevada por personas concretas hizo mucho por superar una sociedad aún más criminal y egoísta que la nuestra. Cae sobre nuestras espaldas la obligación de ser instrumentos de una renovación semejante. Lo primero, evidentemente, es ser conscientes de lo que ocurre y denunciarlo, a tiempo y a destiempo.