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Evangelio

La fe que salva

By Jesús Bayarri8 de julio de 2024No hay comentarios4 Mins de lectura
Reflexion, evangelio, hoy
Comentario al evangelio de hoy. Lunes
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Así les estaba hablando, cuando se acercó un magistrado y se postraba ante él diciendo: «Mi hija acaba de morir, pero ven, impón tu mano sobre ella y vivirá.» Jesús se levantó y le siguió junto con sus discípulos. En esto, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años se acercó por detrás y tocó la orla de su manto. Pues se decía para sí: «Con sólo tocar su manto, me salvaré.» Jesús se volvió, y al verla le dijo: «¡Ánimo!, hija, tu fe te ha salvado.» Y se salvó la mujer desde aquel momento. Al llegar Jesús a casa del magistrado y ver a los flautistas y la gente alborotando, decía: «¡Retiraos! La muchacha no ha muerto; está dormida.» Y se burlaban de él. Mas, echada fuera la gente, entró él, la tomó de la mano, y la muchacha se levantó. Y esta noticia se divulgó por toda aquella comarca (San Mateo 9, 18-26).

COMENTARIO

De nuevo la palabra nos invita a contemplar la fe que salva y que cura, para suscitarla en aquellos que acuden a Cristo, como signo de la presencia de Dios en él. Por la fe se aferra la vida, y la muerte queda vencida por el perdón de los pecados. La precariedad de la existencia ansía la plenitud de la vida que es Dios. La fe es el resultado del don de Dios que se revela al espíritu humano como moción interior, a la que se unen el testimonio humano y el testimonio del Espíritu, apoyado fundamentalmente por las Escrituras y la predicación del Kerigma, dándole la certeza de la Verdad del Amor de Dios.

Los discípulos, acogiendo la predicación, las señales y la caridad de Cristo, creen en él como maestro, profeta, y enviado de Dios, pero será el Espíritu Santo, quien testificará a su espíritu su divinidad; el ser Hijo del Altísimo, transformando sus creencias, en la fe que se hace acompañar de la esperanza y el amor, uniéndose a la moción interior y haciéndola operante en la súplica y la intercesión, en el sacrificio de la entrega, en la obediencia que se crucifica en la confianza, y en el dolor que conmueve llevando a la compasión.

En medio de la precariedad de este mundo donde todo es transitorio y sujeto a la corrupción, debido a la constante dialéctica a que lo somete la muerte, Cristo hace presente la vida definitiva que el hombre está llamado a recibir por la fe en él. Ninguna adversidad puede frenar la providencia, la misericordia y el poder de Dios, que sólo se detiene ante nuestra libertad, suscitando y esperando nuestro amor.

No nos basta que Cristo haya resucitado y recibido todo poder, ni es suficiente oír hablar de él, es necesario tener un encuentro personal con él, mediante la fe, en lo profundo del corazón, que ilumine la mente y mueva la voluntad al amor de Dios que se revela. Como vemos en el Evangelio, la cercanía física no basta, como tampoco el parentesco o la vecindad. El mismo sacramento de la Eucaristía en el que no sólo se toca sino que se come a Cristo, es un sacramento de la fe, para vida eterna. Postrar ante él, la mente y la voluntad, cuando se nos revela por amor, eso es la fe.

Ante la fe en Cristo, se desvanece la impureza de la mujer, se detiene la hemorragia de su vida y se expulsa la muerte de la niña, y de toda la humanidad, no sólo física, sino también espiritual, y se nos da vida eterna. Todos necesitamos de esta fe que nos salva, y que nos mueve a interceder por la salvación de todos los hombres.

Cristo se nos acerca hoy como a la hemorroisa y nos invita a no temer, sino a tener fe. En efecto, la fe expulsa el temor, mediante el amor que el Espíritu derrama en nuestro corazón.

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