En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.
Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando.
Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.
No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca.
De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros» (San Juan 15, 9-17).
COMENTARIO
Dios elige siempre para misiones de amor. El Amor llama para el amor. Todas las elecciones de Dios en su Iglesia proceden del amor y conducen al amor; por eso han de llevarse en amor y con amor.
Dos son los dinamismos que una persona pone en marcha para realizar su divina en la tierra: el correctivo y el amoroso. Necesitamos corregirnos para poder amar mejor. Ser cada día menos egoísta, ser más delicado, más pendiente de los demás, etc. Pero sucede que uno, después de haber realizado sucesivas purificaciones parece que… se viene a confesar de los mismo, más o menos. Lutero se desesperó, porque veía que no cambiaba, y lanzó al mercado teológico sus enseñanzas soteriológicas sobre la Redención: el hombre no cambia, no puede cambiar.
Sin embargo, la doctrina católica afirma lo que cree: por la gracia de Dios se puede cambiar, es decir, la Iglesia, cree en la transformación de la persona. Sin, embargo, con todo, la persona transformada, aún pudiendo haber eliminado pecados, más o menos se sigue confesando de lo mismo.
Y es que sucede lo siguiente: la Escritura dice que el justo peca siete veces al día. Siete veces significa completitud, es decir, que el santo mete mucho la pata al día. Y en el evangelio se afirma que la cizaña será compañera de viaje hasta el final de la vida de cada uno.
Con estos pasajes se adquiere un concepto adecuado de santidad. Santo no es el que no peca sino el que está inundado por la gracia de Dios. Santo es el que ha dicho que a la gracia y lo ha hecho, a su vez, impulsado por la gracia. Y ese justo, por su debilidad, no deja de ser un pecador, aunque no lleve vida de pecado.
La persona, por más que se esmere en eliminar pecados, siempre quedará algo para confesar. Así lo ha previsto el Señor. Por eso no hay que neurotizar los pecados ni la persecución de los mismos. Una vida puramente purgativa no sería sino quedarse solo en una mera etapa. Y según los estudiosos de la vida espiritual, ya desde antiguo, afirman que hay que progresar hasta la etapa unitiva pasando por la iluminativa.
Se corre el riesgo de caer en neurosis o depresión o rigidez cuando uno se queda estancado en la etapa purgativa, corrigiéndose continuamente.
La solución no está en la teología luterana, que afirma, como hemos dicho, que el hombre no puede intrínsecamente ser transformado, porque sencillamente no es así. Creemos en el poder de la gracia santificante, la cual no elimina, misteriosamente, las faltas propias de la naturaleza humana caída, aunque sean muy pequeñas.
Las energías se la debe llevar más bien el dinamismo del amor, del Amor, sin negar, el esfuerzo por corregirse y mejorar, para eliminar los obstáculos a la gracia. El amor es más dilatado que el mero examen de faltas y nos permite llegar a la perfección que desea Dios de nosotros.
A larga, además, el dinamismo amoroso, la vía joánica del Amor, acaba siendo el mejor y constante corrector de nuestras vidas. No es la vida ascética la que predomina sino la vida de Amor divina, la cual presupone una ascesis.
El “ama y haz lo que quieras” de san Agustín, bien entendido siempre va en esta línea de dinamismo de Caridad sobrenatural. La vida espiritual comienza con aquello de san Pablo cuando dice que el Espíritu santo ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu que nos ha sido dado. Esa es la santidad de san Matías y la de cualquier santo, la centralidad del Amor divino en el corazón del hombre.
San Juan no se cansa de repetirlo en sus escritos: el amor, el amor… y siempre el amor. Esa es la vida de Dios: el amor. Esa es la vida de los apóstoles y de todos los demás santos: la vida de Caridad centrada en el alma.
De este amor se sigue la alegría divina que Dios quiere compartir para siempre con sus criaturas. Propio del amor es comunicarse, expandirse como aroma. Y esto es lo que Dios en la vida de sus elegidos.
Dios es el que elige, en eso consiste el amor, dice san Juan. A nosotros nos toca dejarnos elegir, dejarnos abrazar por su amor y comunicar ese amor a todo el mundo. Ser constituido en apóstol es ser constituido en mensajero del amor de Dios. Todo con Amor, y por Amor.

2 comentarios
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