En aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados les enseñaba.
Se quedaban asombrados de su enseñanza, porque su palabra estaba llena de autoridad.
Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu de demonio inmundo y se puso a gritar con fuerte voz: “¡Basta! ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el santo de Dios”.
Pero Jesús le increpó diciendo: “¡Cállate y sal de él!”.
Entonces el demonio, tirando al hombre por tierra en medio de la gente, salió sin hacerle daño.
Quedaron todos asombrados y comentaban entre sí: “¿Qué clase de palabra es esta? Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen”.
Y su fama se difundía por todos los lugares de la comarca (San Lucas 4, 31-37).
COMENTARIO
Resulta asombroso, a primera vista, que los demonios reconozcan a Jesús, y no como un simple maestro de la Ley o, incluso, un profeta, sino como “El santo de Dios”. Entre las confesiones, importantísimas, que se recuentan en los Evangelios (Marta, Tomás y, sobre todo Pedro), se intercalan reconocimientos de los demonios hacia la persona de Jesús. En realidad, bien mirado, así como los hombres podemos albergar dudas, ellos no tienen ninguna, saben con toda seguridad que Jesús es el Hijo de Dios. Pera ellos es la evidencia misma; y la causa de su tormento.
Aquí encontramos a un endemoniado que asiste a la sinagoga, algo que ni es imposible ni infrecuente. A fin de cuentas, dónde si no podrá verse liberado algún día; mejor que en la casa de oración no habrá otro sitio.
El demonio interrumpe a gritos la predicación de El Señor: “basta”, dice. No lo puede soportar, intenta detener la fuerza de Jesús.
La pregunta demoníaca es muy profunda: ¿Que tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno?
Es el clamor de la impotencia. Vienen a decir, contra ti nada podemos, pero dejanos campar entre los hombres.
Y ahí sigue el chantaje: ¿Has venido a acabar con nosotros? Sabemos bien que esa es tu misión; si lo hicieras -cosa que podrías – te estarías extralimitando en tu misión. No “debes” acabar con nosotros. Y es entonces, al verse perdidos, cuando quebrantan el secreto mesiánico, para abortar y frustrar la misión de Jesús, la victoria irrevocable sobre el pecado y la muerte.
Al proclamar a gritos que era “el santo de Dios”, ellos sabían muy bien lo que decían, pero, afortunadamente, el auditorio no.
Es por eso que Jesús ataja la desvelación y le ordena dos cosas; primero callarse, y después salir del poseso.
El demonio manifiesta su poder físico arrojando al suelo a su víctima, pero no le puede hacer mas daño en presencia del Hijo de Dios.
La gente, naturalmente, quedó estupefacta y su reacción de admiración está muy bien enfocada. Es muy significativo que no se detengan en la persona – no dicen ¿quién es este? – sino “¿Que palabra es esta?”.
Porque es su palabra, no su figura, que conocían de otros sábados, la que se muestra eficaz: Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos. Ese poder y autoridad, el simple hecho de enfrentarse a los espíritus inmundos ya era motivo de diferenciación, respecto de otros maestros o jefes de sinagoga, sino que lo que resulta definitivo es el efecto constatado: “salen”.
Increpados por Jesús los demonios salen. Queda manifiesto que su poder, su palabra, no tiene obstáculo alguno.
Seguramente los asiduos asistentes al sabath en la sinagoga, ya habían dejado por imposible al pobre poseso, eran conscientes de su terrible situación, pero no sabían ni podían hacer nada por él. Pero ese día Jesús lo liberó, aunque los- en plural – demonios se revolvieran tratando de abortar el encargo del Padre. Por eso, primero que nada, les mandó callar. Era lo que importaba a todos. Pero también ejerció la misericordia sobre una persona concreta. Con ello ratificaba, ante todos, su poder. Como había anticipado en el combate personal en el desierto (Mt 3 3), lo importante es “toda palabra que sale de la boca de Dios”. Y Él es esa palabra. (Jn 1.1)
Los demonios tratan de desvelar el misterio mesiánico, como lo intentaron entre los Gerasenos (Mt 8 38). Él había lo prohibido a Pedro (Lc 9 21), y tras su propia Transfiguración. Claro es que los demonios, a diferencia de muchos hombres, creen en Dios; y se atreven a intentar manejar los tiempos, pero Jesús esta siempre pendiente de “su hora”. Así que lo importante no es saberlo, no basta con creer en Dios. Como dice Santiago (Sant 2 18): Los demonios también creen en Dios y tiemblan. ¿Cuántos de nosotros, si es que creemos en Dios, temblamos? ¿No nadaremos en el pecado de tomar el nombre de Dios en vano?, “¿Quieres saber tú, insensato, que la fe sin obras es estéril?” Los demonios pueden creer, pero no pueden hacer obras buenas. Su testimonio no vale, solamente engaña. Y pretende abortar la misión completa, muerte y resurrección, de El Salvador.
Se comprende así que El Señor dijera a Pedro que piensa como Satanás (Mt 16 23); respecto de Él los demonios – que ciertamente creen- intentaron por todos los medios que no realizara completa, a su hora, la voluntad del Padre.
