En aquel tiempo, llegó Jesús a la otra orilla, a la región de los gerasenos. Desde el cementerio dos endemoniados salieron a su encuentro; eran tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino. Y le dijeron a gritos: “¿Que quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?” Una gran piara de cerdos a distancia estaba hozando. Los demonios le rogaron: “Si nos echas, mándanos a la piara.”
Jesús les dijo: “Id.”
Salieron y se metieron en los cerdos. Y la piara entera se abalanzó en el agua. Los porquerizos huyeron al pueblo y lo contaron todo, incluyendo lo de los endemoniados. Entonces el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país (San Mateo 8, 28-34).
COMENTARIO
Jesús, según relatan los evangelios, la mayor lucha la tenía con los demonios. Se enfrenta a la muerte, a la enfermedad, a la ceguera, a la lepra… pero, sobre todo, a los demonios, espíritus inmundos. De hecho, al comienzo de su vida pública, es el osado demonio quien trata de prevalecer sobre Él.
En este episodio, según Mateo (los paralelos están en Mc 5, 1-20 y Lc 8, 26-39) Jesús pasó a la otra orilla; se sobre entiende que habla del mar de Galilea, donde el Jordán se ensancha hasta formar un gran lago, que es testigo de muchos hechos y dichos del Señor.
Y no sólo pasa a la otra orilla, con el gran valor simbólico que comporta, sino que, además, se adentra por territorio especialmente inhóspito. Allí (fuera del suelo sagrado de Israel) se crían cerdos, en abundancia, y además en el cementerio viven dos endemoniados furiosos, que provocan que no haya transeúntes por allá. Son realmente violentos y peligrosos.
Sin embargo, Jesús transita sin miedo por aquellos parajes. Busca la oveja perdida allí donde se halle.
Rápidamente el protagonismo pasa de los endemoniados a los propios demonios, puesto que son ellos los que hablan. Y hacen una sorprendente profesión de fe: reconocen en Jesús al Hijo de Dios.
Pero a renglón seguido le reprochan que haya anticipado su hora “¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?”
Se saben perdidos, e impotentes ante el poder del Hijo de Dios, y es en esa ciencia que le ruegan (¡asombroso que los demonios “rueguen”!) que los mande entrar en los cerdos, inhabitar en los animales impuros, en los que se acomodan y ejercen a placer sus planes de muerte.
El Señor se lo ordena – “Id”- y ellos, dos solamente, se posesionan de todos los cerdos, una piara enorme.
El evangelista no informa que fue de los furiosos moradores entre las tumbas, pero es lícito pensar que liberados de los demonios recobrarían la normalidad, ingresando en la gran lista de los endemoniados sanados por Jesucristo. De hecho, son los porquerizos (en absoluto “pastores”) los que narraron lo sucedido, enfatizando en lo acaecido con los endemoniados y, ya sin temor, los de la zona acudieron al encuentro de Jesús, dando crédito a los porquerizos, sin miedo ahora a los necrófilos exorcizados.
El hijo conductor sigue ahora a los cerdos y estos, bajo el influjo de los demonios, se despeñaron y ahogaron. Los demonios no saben hacer otra cosa que abocar a la muerte, aunque parezca un gesto espontáneo de los cerdos. Ello produce la ruina de los habitantes de la región, entregados al negocio de los animales impuros, sabedores ahora del milagro operado por Jesús.
