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Evangelio

La alegría de la fe

By BuenaNueva10 de mayo de 2012Actualizado:15 de mayo de 2013No hay comentarios3 Mins de lectura
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«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”». (Jn 15, 9-11)

 


 

 

Cada día que pasa descubro un matiz nuevo en la maravilla de  ser cristiano. Es un regalo tomar las riendas de la vida unida a Cristo; la jornada no es igual si se vive de cara a Dios o de espaldas a Él. Los problemas son muchos, las preocupaciones y los sinsabores también, pero levantarse por la mañana sabiendo que el compañero de viaje que ni a sol ni a sombra va a ausentarse de mi lado es Aquel que todo lo puede, que todo lo sabe… es un gran consuelo.

Este evangelio que nos propone hoy la Iglesia es corto pero intenso; si  fraccionamos cada uno de sus versículos descubrimos sentencias de toda una auténtica declaración de amor. Primeramente, Jesús nos da una idea de cuánto nos ama, nada menos que como su Padre le ha amado a Él, a su propio Hijo.

¿Es posible cuantificar el amor que el Padre —cuya definición es el Amor por excelencia (cfr. 1 Jn 4,8)— tiene a su Hijo? Ciertamente no es posible pero, cuanto menos, debe ser un amor infinito. Pues de esa misma manera, infinitamente,  nos quiere el Hijo a nosotros. Y para mayor asombro, no solo cuando somos justos, sino también —y más si cabe—cuando somos pecadores. (Acordémonos de la parábola de la oveja perdida). Cristo murió por todos. “Apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros”, nos recuerda San Pablo en Romanos 5,7-8.

Pues bien, Jesucristo, quien todo lo da, solo nos pide una cosa: “Permaneced en mi amor”. Y aquí es donde se encuentra el “quid” de la cuestión. Ese es nuestro propósito, sí pero… ¿cómo se consigue eso? “Si guardáis mis mandamientos”, nos dice el Señor. Y es que los mandamientos no son preceptos trasnochados, cuyo objetivo es privarnos de los placeres de la vida; al contrario, vienen en nuestra ayuda para que no deambulemos errados por ella, tropezando en cada esquina donde prometan regalar la felicidad.

Cada cual en su sitio, en el lugar donde Dios haya dispuesto que nos encontremos, y desde la libertad que otorga el cumplir la voluntad del Padre, se puede transformar el mundo a imagen del que Dios creó y Cristo redimió, como sarmientos injertados a la Vid.

En segundo lugar, las palabras de Jesús ponen de manifiesto que la alegría de quien camina en la Verdad es siempre plena, porque el amor genera alegría. Un cristiano triste es un triste cristiano que ha olvidado la dicha de la fe, aquella que proporciona la verdadera felicidad, paz y serenidad. Porque cualquier situación que se nos pueda dar en la vida, por muy dolorosa que sea, siempre encuentra su esperanza en la piedra rodada y la tumba vacía, símbolos de la resurrección. Y es que no estamos solos; la alegría de Jesucristo reside en quien la quiera acoger y transmitir.

Victoria Serrano

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