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Evangelio

La actitud del corazón

By BuenaNueva21 de agosto de 20143 comentarios8 Mins de lectura
Reflexion, evangelio, hoy
Comentario al evangelio de hoy Jueves
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«En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: ‘Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda’. Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda”. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?”. El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: «Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”». (Mt 22,1-14)


  1. Tendríamos que meternos dentro de la mentalidad de San Mateo al componer su evangelio para ver la línea que sigue: antes del relato de la pasión-muerte-resurrección de Jesús, se pone él mismo en un contexto escatológico, donde incrustra nuevamente algunas parábolas —así se lee en los textos precedentes—, como si no hubieran sido suficientes las narradas en su capítulo 13, para seguir hablando del Reino de los Cielos; solo que entonces hablaba y enseñaba serenamente a las gentes, mientras que aquí está en franca disputa frontal y abierta con los sumos sacerdotes, los fariseos y los anciano del pueblo, que desembocará en una acusación manifiesta contra la hipocresía, descrita después en el capítulo 23 («¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!…»), porque se sienten merecedores dignatarios de ese Reino de los Cielos, por ser el pueblo elegido: Jesús les desmonta su seguridad, ya que una cosa es sentirse digno y otra serlo. Lo cierto es que Jesucristo no ofrece una definición de ese Reino, sino que propone un parangón con estas parábolas para decirnos que se dona gratuitamente a quien lo quiere acoger. No puedo por menos de señalar que, en el primer volumen de su trilogía sobre Jesús de Nazaret, Benedicto XVI dedica casi veinte páginas al Reino de Dios, para concluir que es el mismo Jesucristo.
  2. Digamos en seguida que esta preciosa parábola de hoy ha sido denominada —por cierto, con mucho acierto— como la parábola del banquete de boda, un banquete nupcial, no del Rey sino de su Hijo: de hecho, así estaba profetizado en el Antiguo Testamento para describir la relación íntima de Dios con su pueblo, comparándola con la alegría de un banquete: ver, por ejemplo, Is 25,6-8; 55,1-2; Prov 9,1-6; más aún, esa relación es como una relación conyugal: ver otra vez Is 62,5 y Jer 3,14, así como los tres primeros capítulos de Oseas. Añadamos igualmente que se distinguen dos partes en esta parábola: la referente al banquete y al ofrecimiento de participar en él, y, en segundo lugar, el relato del que no va vestido dignamente al banquete. Parece fuera de duda que se trataría de dos parábolas que San Mateo las ha cosido aquí, en su intención de poner de manifiesto en dónde radica la controversia y animadversión de sus oyentes.
  3. Entrar ahora en un comentario desgranado del texto, superaría ampliamente el espacio concedido para estas reflexiones; pero sí hay que señalar que cada versículo y cada frase están cargados de significados profundos. Ni qué decir tiene que todos sabemos quiénes son los personajes descritos en la parábola: el rey representa a Dios; el Hijo es Jesús; el banquete el Reino de los Cielos; los invitados son el pueblo escogido, Israel, que no reconoció y sí rechazó a Jesús (resuena aquella otra parábola del hijo que decía que sí quería ir a trabajar y no fue, y del que no quería y sí fue: ver Mt 21,28-32); los criados son los profetas; los que llenaron la sala son todos, judíos y no judíos (San Mateo dice que se llenó de gente buena y gente mala, mientras San Lucas (14,16-24) especifica que son «los pobres, lisiados, ciegos y cojos»); y, por fin, la invitación consiste en aceptar a Jesús como Kyrios y Soter (Señor y Salvador). El actual Papa Francisco, en su homilía en la capilla de Santa Marta, del 6 de septiembre de 2013, decía textualmente: «»Pero, padre, ¿cómo es posible? Se han encontrado en los cruces de las calles y se les pide que vayan con vestido de fiesta. Esto no funciona…”. ¿Qué significa esto? ¡Es muy simple! Dios solamente nos pide una cosa para entrar en esta fiesta: la totalidad. El esposo es el más importante, ¡el esposo llena todo! Jesús es la cabeza del Cuerpo de la Iglesia; Él es principio. Y Dios le ha dado a Él la plenitud, la totalidad, porque en Él se reconcilian todas las cosas. Si la primera actitud es la fiesta, la segunda es reconocerle a Él como el Único. No se pueden servir a dos patrones: o se sirve a Dios o se sirve al mundo». Y añadía: «Solo nos hace falta cumplir un requisito que el evangelio lo pone como algo externo, pero que en realidad en las bodas se le da demasiada importancia y es el vestido. Es necesario e indispensable entrar con el ajuar apropiado al gran banquete que Cristo nos invitará, este ajuar es la vida de gracia»; y reflexionaba: «Es claro que Jesús no puede habitar en un lugar en donde no tiene amigos, y tampoco nosotros nos deberíamos atrever a presentarnos a la boda que Él organiza cuando no le tenemos por amigo. Esto es la vida de gracia, conservar su amistad…». Y es que «todo está a punto», dijo el Rey, es decir, no se puede diferir la respuesta, no es lícito enredarse con las cosas de este mundo ante la llamada del Evangelio («Venid a la boda… Llamadlos a la boda»), como si hubiera otras cosas más importantes (no solo alienarse con las propiedades, fincas, tierras o negocios, sino incluso maltratando y matando a los criados). De ahí que el Rey «montó en cólera» y los destinó a la muerte y al fuego: un serio aviso de alusión a la condenación eterna, si bien no hay alinearse con quienes hacen diferencias entre buenos y malos, pues —como había explicado en la parábola de la cizaña (ver Mt 13,24-30) y en la de la red del pescador, que recoge peces buenos y malos (ver Mt 13,47-50), ya que «vuestro Padre celestial hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos» (Mt 5,45)— conviven todos juntos hasta el día de la siega… Mientras tanto, la Iglesia, como dice el Papa Francisco, es también como una enfermería para curarse, para obtener o recuperar la fe y la vida de la gracia. El Rey invita a todos al banquete nupcial. Parece chocante el tema del que no se presentó bien vestido (en clara alusión a sus oyentes)… Todos entendemos que el traje de bodas no se refiere a ir al banquete como un pincel sino a la actitud del corazón. Como no la tiene, no puede participar del banquete y lo echan fuera atadito de pies y manos.
  4. Desde hace muchos años, me ha estado hormigueando en mi espíritu qué quería decir el Señor cuando, en la última cena, dando a beber a sus discípulos el cáliz de su sangre, declaró: «Os digo que desde ahora ya no beberé del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre». ¿Qué cáliz bebe en el reino de su Padre? Creo que es una alusión directa a la única e irrepetible Eucaristía, como síntesis de todo el misterio pascual: es la misma Fiesta del banquete de las bodas del Cordero (ver Ap 19,6-10) en la liturgia eterna de la Jerusalén celeste, es el gozo sempiterno de estar sentado por eternidad de eternidades en la misma mesa del Rey que nos ha invitado, llamado, a entrar en su sala de banquetes (el Cielo), para disfrutar sin fin en esas nupcias de su Hijo con la Humanidad, con cada uno en particular.
  5. Dicen, Señor, que allí no hay mesas de segunda o tercera categoría, sino que cada uno bebe con el Hijo festejado «el vino nuevo del Reino», el mismo que nos dejó antes de su pasión-muerte-resurrección. Déjame que te pida, como la cananea, que en un angulillo de la Sala pueda ir saciando mi hambre de verte a ti y tu Santísima Madre («Al despertar me saciaré de tu semblante», Señor: Sal 17,15).

Jesús Esteban Barranco

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3 comentarios

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