En aquel tiempo, yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros». Al verlo, les dijo: «Id a presentaros a los sacerdotes».
Y mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos, y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Este era un samaritano.
Jesús tomo la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez?, los otros nueve ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?
Y le dijo: «Levántate, vete: tu fe te ha salvado» (San Lucas 17, 11-19).
COMENTARIO
Las fronteras las fijan los hombres. No hay que ser muy avisado para comprobar lo artificioso que resultan líneas imaginarias de meridianos y paralelos en el «mapa mundi», y aunque a menudo existan «fronteras naturales» como ríos, mares, cordilleras, lagos o cuencas de drenaje, lo cierto es que es la guerra, la diplomacia o los intereses económicos los que, a lo largo de la historia, las han marcado o cambiando. Hay etnias, lenguas, culturas, tradiciones y religiones que no se atienen a tales confinamientos, a veces sin delimitación precisa. Las fronteras no han dejado nunca de moverse, basta cotejar mapas e imperios de diferentes dataciones.
En este contexto, en el difuso deslinde entre Galilea y Samaría, es donde tiene lugar el episodio que relata San Lucas. Sin rodeos; Jesús designa al co-protagonista de esta historia como «extranjero». Para un judío de la época, un samaritano era un «extranjero». Y lo era precisamente por su religión. Los samaritanos también descendían de los patriarcas, pero se habían desviado del culto de Jerusalén. Jesús se ha ocupado de superar esa división y dicotomía, anunciando a la samaritana, junto al pozo de Jacob, que la adoración al Padre no es ritual y geográfica, sino que ha de ser «en espíritu y en verdad». (Jn 4, 23).
Los diez leprosos, de los que sólo de uno conocemos su proveniencia, están en la frontera; o, si se prefiere, en tierra de nadie, poque sólo pueden convivir entre ellos. Las enfermedades contagiosas no conocen las fronteras.
Lo cierto es que elevan una plegaria colectiva: «…ten compasión de nosotros». Diríamos que están hermanados por la desgracia, y nada cuenta; ni su patria ni su culto. Por encima de todo y antes que nada, son leprosos.
Y no solo imprecan en conjunto, sino que marchan los diez hacia los sacerdotes, obedeciendo a Jesús, que a su vez no hace sino atenerse a la Ley (Lev. 13). Y en el camino, los diez son curados.
Pero hay uno que, además de percatarse de su sanación, no va a donde los sacerdotes (que nadan han hecho ni dictaminado) sino que se vuelve a Jesús, alabando a gritos a Dios, prosternándose a los pies de Jesús y dándole las gracias. Son acciones imponentes; sentirse salvado, volverse, alabar a Dios, echarse a los pies de Jesús, y darle las gracias, es decir, reconocer que ha sido Él su Salvador.
El evangelista, como de pasada, apostilla que era un «samaritano».
Al igual que el eunuco Naamán que obedeció a Eliseo, también era leproso y extranjero. (2R 5, 14)
Pero la fe, entendida como confianza en la potencia salvadora de Dios, no se detiene en los lindes de las naciones, las tradiciones religiosas o las enfermedades, por muy repulsivas e infamantes que sean.
Lo que Jesús enseña a los que lo escuchan es su extrañeza de que los otros nueve curados (bien sabe Él, sin que nadie le informe, que han sido sanados), cuya nacionalidad y adscripción ritual no se nos desvela, no den gloria a Dios. No es tanto que se salten su intermediación; lo grave es que se conforman con la curación de su enfermedad, sin reconocer la mano de Dios.
En cambio, el extranjero, aquél que incluso pudiera no saber nada acerca de la prescripción sobre la presentación ante los sacerdotes para adverar el curso o fin de la lepra, justamente él, el desconocedor de los preceptos, no tiene ninguna duda de que ha sido Jesús quien lo ha curado, reconociendo actuante y operativa en su persona la fuerza del Todopoderoso.
Jesús le ordena levantarse e irse, pero le certifica lo más importante, algo muy profundo y personalizado: «Tu fe te ha salvado».
Esta correlación entre fe y sanación se repite en muchos pasajes evangélicos; pero es ciertamente inquietante. El principio «tanto como», «en la medida que», etc., aplicado al perdón a los demás, a la lepra, a la ceguera, al juicio, a la esperanza, etc. es un misterio ingente. El milagro es proporcional a la fe, no es magia ni captación de incautos; es la confirmación existencial del Dios vivo y verdadero. También al alcance de los paganos, como el centurión o la sirio-fenicia, Por eso, la única suplica razonable es, habiendo recibido germinalmente la Fe por el Bautismo, la de los apóstoles cuando imploraban, un poco antes y en el mismo capítulo: «auméntanos la fe» (Lc 17, 5).

5 comentarios
Hello There. I discovered your weblog using msn. That is an extremely well written article. I will make sure to bookmark it and return to read more of your useful information. Thanks for the post. I’ll definitely return.
I am curious to find out what blog platform you have been using? I’m having some minor security issues with my latest website and I’d like to find something more safe. Do you have any recommendations?
My family always say that I am killing my time here at web, but I know I am getting knowledge every day by reading thes good posts.
Please let me know if you’re looking for a article author for your weblog. You have some really good posts and I believe I would be a good asset. If you ever want to take some of the load off, I’d really like to write some material for your blog in exchange for a link back to mine. Please shoot me an e-mail if interested. Thank you!
You need to take part in a contest for one of the best websites online. I’m going to highly recommend this website!