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El yihadista no pudo degollarme, espiritualidad

By Alfredo Esteban Corral18 de mayo de 2017No hay comentarios5 Mins de lectura
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La espeluznante experiencia del sacerdote franciscano.

Abuna Nirwan es un sacerdote franciscano originario de Irak que antes de su ordenación estudió Medicina. Destinado en Tierra Santa, en 2004 las Hermanas Dominicas del Rosario, fundadas por santa María Alphonsine Danil Ghattas (palestina canonizada en 2015), le obsequiaron con una reliquia de su fundadora y un rosario utilizado por ella, que el padre Nirwan siempre lleva consigo.

Cuando en 2009 Benedicto XVI aprobó el milagro para su beatificación, se pidió desde la Santa Sede que se procediera a la exhumación del cadáver de esta monja. Habitualmente le corresponde hacerlo al obispo local, quien designa algún médico presente. Se le pidió a Abuna Nirwan que realizara la exhumación e hiciera un informe médico de la misma.

Dos años antes había tenido lugar un hecho realmente extraordinario, que relata el sacerdote Santiago Quemada en su blog Un sacerdote en Tierra Santa:

La historia que vamos a contar sucedió el 14 de julio de 2007. Abuna Nirwan fue a visitar a su familia en Irak. Fue con un taxi que contrató en la frontera de Siria. Lo contaba él mismo en la homilía de una misa que celebró en Bet Yalla:

En aquellos momentos no había posibilidad de ir en avión a ver a mi familia. Estaba prohibido. El medio de transporte era el automóvil. El plan era llegar a Bagdad y desde allí ir a Mosul, donde vivían mis padres.

El chófer tenía miedo por la situación que se vivía en Irak. Nos pidió una familia –padre y madre con una niña de dos años- si podían viajar con nosotros. El taxista me dijo que se lo habían preguntado y no puse ningún reparo. Eran musulmanes. El chófer era cristiano. Les dijo que había sitio en el coche y podían ir con ellos. Paramos en una gasolinera, y otro hombre joven, musulmán, nos pidió ir a Mosul. Como había sitio también fue aceptado.

La frontera entre Jordania e Irak no se abre hasta que no amanece la mañana. Cuando salió el sol se abrió la barrera y unos cincuenta o sesenta coches salieron en fila avanzando lentamente todos juntos.

Seguimos con determinación el viaje. Después de más de una hora de coche llegamos a un lugar donde había una inspección. Preparamos los pasaportes. Nos detuvimos. El chófer dijo: “Tengo miedo de ese grupo”. Antes era un check point militar, pero los de una organización terrorista islámica mataron a los militares y se hicieron con el control del lugar.

Cuando llegamos nos pidieron los pasaportes, y no nos hicieron bajar del coche. Se llevaron los pasaportes a la oficina. Volvió la persona, se dirigió a mí y me dijo: “Padre, vamos a seguir con la investigación. Pueden dirigirse hasta la oficina que hay más allá. Después ya es desierto”. “Muy bien”, respondí, “si tenemos que ir, iremos”. Caminamos un cuarto de hora hasta llegar a la cabaña que nos indicaban.

Cuando llegamos a la cabaña salieron dos hombres con la cara cubierta. Uno llevaba una cámara en una mano y un cuchillo en la otra. El otro tenía barba y llevaba el Corán. Se acercaron a donde estábamos y uno de ellos me preguntó: “Padre, ¿de dónde viene?” Dije que de Jordania. Después le preguntó al chofer.

Luego fue al chico joven que venía con nosotros, le agarró por detrás con los brazos y lo mató con el cuchillo. Me ataron las manos a la espalda. Después me dijo: “Padre, estamos grabando esto para Al Yazira. ¿Quiere decir algunas palabras? Por favor, no más de un minuto”. Yo dije: “No, solo quiero rezar”. Me dejaron un minuto para rezar.

Después me empujó desde el hombro hacia abajo hasta que me arrodillé, y dijo: “Tú eres clérigo, y está prohibido que tu sangre caiga al suelo porque sería un sacrilegio”. Así que fue a coger un cubo, y volvió con él para degollarme.

No se qué recé en ese momento. Sentí mucho miedo, y le dije a María Alphonsine: “No debe ser por casualidad que te lleve conmigo. Si es menester que el Señor me lleve joven estoy listo, pero si no, te pido que nadie más muera”.

Cogió mi cabeza con su mano, me sujetó el hombro con fuerza, y levantó el cuchillo. Unos momentos de silencio, y de repente dijo: “¿Quién eres tú?” Yo contesté: “Un monje”. Y contestó: “¿Y por qué no puedo bajar el cuchillo? ¿Quién eres?“. Y ya, sin dejarme contestar, me dijo: “Padre, tú y todos volved al coche”. Nos fuimos hasta el donde estaba el vehículo.

“Desde ese momento he dejado de tener miedo a la muerte. Sé que algún día moriré, pero ahora tengo más claro que será solo cuando Dios quiera. Desde entonces no tengo miedo a nada ni a nadie. Lo que me suceda será porque es voluntad de Dios, y Él me dará la fuerza para acoger su Cruz. Lo importante es tener fe. Dios cuida a los que creen en Él”.

Santiago Quemada

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