En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío: «En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora el reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan. Los Profetas y la Ley han profetizado hasta que vino Juan; él es Elías, el que tenía que venir, con tal que queráis admitirlo. El que tenga oídos, que oiga» (San Mateo 11, 11-15).
COMENTARIO
Jesús alaba a Juan el Bautista y le concede el máximo honor que puede alcanzar en la tierra un servidor de Dios, pero aprovecha el Señor para dejar claro que esa grandeza es menor que la que ostenta el más pequeño en el Reino de los cielos. De esta forma Jesús nos enseña que la mayor grandeza humana aquí en la tierra, incluso la del que ha sido fiel precursor del Señor, es siempre menor que la del más pequeño de los hijos de Dios en el Cielo. Lo de aquí, aun siendo bueno, nunca es comparable con el destino final del hombre, la eternidad.
Pero para alcanzar ese Cielo hay que esforzarse. Esa violencia de la que nos habla Jesús hoy desvela la lucha interior por vencer todo lo que nos aparta de su camino y también las luchas por defender ese tesoro de los que nos lo quieren arrebatar. La vida cristiana no es un bonito paseo por el campo, está repleta de sufrimientos, esfuerzos y cruces. La palabra empleada en el Evangelio de Mateo parece desproporcionada pero no lo es, sino que les pregunten a los mártires de la fe y a los Santos de todos los tiempos, seguro que ellos saben bien lo que les costó alcanzar ese Cielo del que ya gozan.
Por último, este corto Evangelio de hoy, nos ofrece otra enseñanza. Lo que a lo largo de nuestra vida se nos cuenta de Dios, las enseñanzas de familia, del Colegio, del buen amigo de turno, del catecismo de cada domingo y de cada día; todo eso es para nosotros: «Elías» o «Juan el Bautista», es esa palabra de Dios expresada en sucesos y oportunidades sencillas, la mano extendida de lo divino, de lo trascendente que sin duda se nos presenta continuamente en nuestras vidas cotidianas y que podemos o no admitir; como Jesús nos dice: «….el que tenía que venir, con tal que queráis admitirlo». Todo lo que nos han contado de Jesús a lo largo de nuestra vida, del modo de vivir cristiano, de la moralidad en el actuar, todo eso, podemos simplemente rechazarlo y hacerlo ajeno a nuestras vidas o admitirlo como lo deseable y el objetivo a seguir, aunque nos cueste y estemos siempre cayendo y levantándonos. No es lo mismo fallar al Señor que ignorarlo. Lo primero implica el reconocimiento del camino y la fragilidad por seguirlo. Lo segundo implica vivir al margen del camino, sin compromiso alguno y al final sin rumbo salvo la propia voluntad como destino. Admitir las cosas de Dios supone el compromiso por vivir con un objetivo que es una promesa y que por tanto implica una fe y un esfuerzo por ser fieles al Señor en su Palabra. Es tener oídos y querer oír.

6 comentarios
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