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Evangelio

EL PADRENUESTRO

By Antonio Segoviano28 de febrero de 20235 comentarios4 Mins de lectura
Reflexion, evangelio, hoy, Martes
Comentario al evangelio de hoy Martes
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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. Vosotros orad así: “Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal”.
Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas» (San Mateo 6, 7-15).

COMENTARIO

En el pasaje de hoy, Jesús va a enseñarnos cómo orar a Dios. Y, antes que nada, nos dice: «Evitad la vana palabrería.» Los que rezan con oraciones prolijas se escuchan a sí mismos, se dirigen a sí mismos, se oran a sí mismos, no a Dios. El no precisa de muchas palabras, sino de un corazón dispuesto a escucharle.

Después nos da el más sublime modelo de oración: «¡Padre…!». Sólo este inicio debería hacernos meditar largamente. ¿Quién se atrevería a dirigir semejante invocación al Altísimo, si no nos la hubiera enseñado el mismo Jesús? Este solo vocablo expresa la misteriosa íntima relación de amor entre el hombre Jesús de Nazaret y su padre, Dios. El Señor quiere incluirnos en la mayor intimidad de esta familia divina. Es preciso, por tanto, pronunciar con el máximo respeto esta palabra, pues no nos pertenece, es un regalo inmenso, inmerecido.

A él añadimos «nuestro», porque esta oración no es privada sino comunitaria. Al rezarla, nos unimos a Cristo, el único que puede llamar, con propiedad, padre a Dios. Nos unimos también a toda la Iglesia, su esposa.

Las tres primeras peticiones expresan la súplica de que El acreciente en nosotros su vida divina: que, en nuestro vivir diario, hagamos visible su santidad; que El reine en nosotros, para que hagamos solamente su voluntad. Cosas todas necesarias para poder vivir como hijos de tal Padre.

Las otras peticiones se refieren a nuestras necesidades como pobres seres humanos: el alimento cotidiano, el perdón de los pecados diarios, ser protegidos de las asechanzas del enemigo. Aquí introduce Jesús una condición necesaria para lograr la gracia implorada: vivir en el ámbito de la gratuidad, en el cual todo está perdonado de antemano. Donde no se llevan las cuentas de los daños sufridos, donde toda justicia está remitida a Dios.

Es, ciertamente, una condición exigente. Perdonar todo el mal que nos hagan, sean perjuicios materiales, ofensas al honor, daños físicos o morales, son cosas sólo al alcance de quien tiene el Espíritu de Dios. Pero es que nosotros hemos sido ya perdonados antes de todas nuestras miserias y maldades. Cristo nos manda hacer lo mismo con nuestros semejantes, sean malos o buenos. Ver a los demás como los ve Dios: redimidos. Actuar como hijos suyos. Vivir dentro de un Reino donde a nadie se le piden cuentas de sus faltas.

Es algo que hemos de pedir con insistencia, tanto más cuanto más nos veamos sin capacidad de olvidar rencores, superar resentimientos y empezar de nuevo con aquél que nos hizo daño. Porque el no poder perdonar nos separa radicalmente de Cristo y de su salvación. El vino al mundo para retornar a la humanidad a Dios, del cual se había desterrado por el pecado. Pagó para ello el precio más alto. En la cruz ha perdonado todo el mal del ser humano. Quien no quiere perdonar, ni cree ni acepta todo esto, y queda, por tanto, fuera del ámbito de la salvación.

Hay que perdonar todo y perdonar siempre. Así lo deducimos de la célebre parábola del siervo sin entrañas, que fue liberado de una deuda millonaria pero no quiso luego perdonar una minucia a un compañero. Así explicó Jesús a Pedro que el perdón de Dios no tiene límites, ni tampoco puede tenerlos el perdón del cristiano.

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