En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: “tendrán respeto a mi hijo” Pero los trabajadores, al ver al hijo, se dijeron: “Éste es el heredero: venid, lo mataremos y nos quedaremos con su herencia.” Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos trabajadores?
Le contestaron: “Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos”
Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la escritura: “la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”? Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos». Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos. Y, aunque buscaban echarle mano, temieron a la gente, que lo tenía por profeta (San Mateo 21, 33-43.45-46).
COMENTARIO
La parábola es clara. El propietario es Dios, la viña el pueblo elegido, el hijo, Jesús.
Dice el papa Francisco que esta parábola aparece como el “fracaso del sueño de Dios”
(Cf: Homilía de S. Francisco, 1 de junio de 2015, en Santa Marta). Al principio parece una historia de amor, paciencia y perdón, enviando incluso a su hijo, luego de fracaso, porque hasta matan al hijo. Pero al final habla de piedra angular. Esa piedra que en su colocación, se convierte como clave para que no se caiga la pared y el edificio. El hijo será la clave de la salvación. Al final por tanto termina en la victoria del amor: la cruz de Jesús y su resurrección.
Cuantas veces nos habremos dicho: “En los tiempos del Antiguo Testamento hacías visibles prodigios en medio de tu pueblo, después, los apóstoles y los discípulos lo tenían más fácil, porque podían conocerte personalmente y veían tus milagros”. Nosotros, que no le vemos con nuestros propios ojos pensamos que lo tenemos más difícil. Nos asaltan las dudas. El mundo nos convence con sus razonamientos. Sin embargo, los antiguos aún viendo enormes prodigios, no parecían convencerse tampoco (Jr 7, 25-26) y los amigos y discípulos de Jesús dudaban, se escondían; huyeron y le negaron. Sólo cuando recibieron el Espíritu Santo, cuando ya no estaba Jesús entre ellos pudieron comprender y comenzaron a seguirle.
Es la fuerza de Dios, su Espíritu, el que te potencia para llegar a ser realmente cristiano y dar tu vida por el hermano, por Jesucristo. Tus frutos no son tu mérito, sino del Espíritu Santo.
Somos labradores en la viña de Dios, (familia, comunidad, trabajo, vecinos…) quizá de los primeros (como asesinos) pero también de los segundos (“…otros labradores que le entreguen sus frutos a su tiempo”).

2 comentarios
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