En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los discípulos y le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?»
Él les contestó: «A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: “Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure.” ¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.» (San Mateo 13,10-17).
COMENTARIO
Todo cristiano no pertenece a este mundo aunque vive en medio de él porque tiene una misión que tiene que descubrir ya que es la llave que da sentido a su existencia. Cada miembro de la Iglesia de Cristo pertenece al pueblo del Padre, al cuerpo de Cristo y es templo del Espíritu Santo. Esto trasciende esa mentalidad mundana que nos hace sentirnos satisfechos con las pobres misiones que realizamos en la Iglesia institucional y terrena. El Señor hoy nos regala una palabra penetrante que viene a romper nuestras falsas seguridades. La Iglesia considera importante esta palabra ya que, junto a la parábola del sembrador, fue proclamada hace dos domingos. Durante este tiempo estamos siguiendo el Evangelio de san Mateo que, como bien sabemos, se dirige a judíos convertidos que entienden muy bien detalles y signos que hacen referencia a la Torá. Mateo utilizará «siete» parábolas (con lo que el número siete significa para un judío) dentro del anuncio del Reino de los Cielos y en el ámbito de la enseñanza a los apóstoles. En primer lugar hace presente que el «conocimiento del Reino» es un don de Dios. Pero, haciendo una interpretación errónea de esta palabra podemos llegar a la conclusión, entonces, de que Dios es exclusivista; que elige arbitrariamente a los que quiere concederles su gracia. No es así. Por eso, esta palabra es muy seria porque viene en busca de nuestra «intencionalidad»: lo profundo de nuestro corazón. En definitiva, esta palabra habla con claridad y dice que el Reino de los Cielos no pertenece a aquel que jurídicamente vive en la Iglesia, sino a aquel que tiene un corazón preparado, disponible, abierto sinceramente a la pertenencia de este Reino. El pueblo de Israel pensaba que el Templo, su tierra, sus sacrificios y profetas le aseguraban la pertenencia a Dios, viviendo en una falsa seguridad. Sin embargo, lo que creían tener les fue arrebatado y llevados al exilio. Los mismos apóstoles habían estado con su Maestro durante tres años y en un momento dado, lo que creían tener les fue arrebatado y cayeron en una profunda «noche oscura». Dios condiciona «el ver y el oír» a nuestra «intención», a nuestro «deseo interior» a nuestra «vida espiritual». Aquí está el secreto del Reino preparado para el corazón que Dios ha creado en cada uno de nosotros pero que lo hemos embotado llenándolo de piedras, de espinos, contaminando la tierra buena y dificultando que dé el fruto para el que ha sido creado. Por eso, si vivimos una religiosidad «pagana» donde nuestros actos divergen de nuestra verdadera intención (que solo Dios conoce), lo que creemos tener nos será arrebatado. Por el contrario, aquel que oye y que ve —porque está en sintonía con Dios— seguirá recibiendo «gracia tras gracia». El Señor, en este verano tórrido, nos invita a la reflexión: ¿dónde te encuentras? ¿entre los discípulos que entienden o entre la gente que viendo no ve y oyendo no oye? Como siempre, Jesús viene a buscar lo que hay en el corazón. Dice el Cantar de los Cantares que la amada, aunque dormía, su corazón velaba; por eso, pudo escuchar al amado cuando se presentó y, cuando ella al abrir la puerta no lo encontró, no se volvió a la cama sino que salió en su busca asumiendo un riesgo, de tal forma que fue golpeada por los guardias de las murallas. La intencionalidad de la amada se reflejaba en sus obras, en su disposición, en su forma de actuar. Jesús decía a los judíos que solo el conocimiento de la verdad es el que permite alcanzar la verdadera libertad. Que el Señor nos conceda la valentía de pedirle cada día este conocimiento que nos ponga frente a la verdad de tal forma que huyendo de la hipocresía farisaica alcancemos el discernimiento necesario que nos permita ver las obras de Dios en nuestra vida y oír la voz del amado cuando se presente, para salir en su busca.

4 comentarios
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