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Palabras Exodo

Corazón limpio

By BuenaNueva19 de julio de 2013No hay comentarios5 Mins de lectura
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«Y
añadió Yahvé: Mete tu mano en el pecho. Metió él la mano en su pecho y cuando la volvió a sacar estaba cubierta de lepra, blanca como la nieve. Y le dijo: Vuelve a meter la mano en tu pecho. La volvió a meter y, cuando la sacó de nuevo, estaba ya como el resto de su carne» (Éx 4,6-7)


Este texto contiene una alegoría catequética muy semejante a la anterior. Dios manda a Moisés que meta la mano en su pecho. A continuación le invita a sacada y resulta que estaba cubierta por la lepra. Le dice entonces que introduzca de nuevo la mano en su pecho y, al volverla a sacar, cuál sería su sorpresa al encontrarla totalmente limpia.

La enseñanza catequética es de grandísima importancia. Sólo Dios es Santo.

Sólo Él está limpio de toda impureza. Recordemos que en Israel la lepra no solamente indica una enfermedad orgánica, sino que también es índice de la impureza radical del hombre. Tengamos presente el miedo atroz que se apoderó de Isaías cuando al ser llamado por Yahvé al ministerio profético vio su Gloria: «[Ay de mí, que estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros, y entre un pueblo de labios impuros habito: que al rey Yahvé Sebaot han visto mis ojos!» (Is 6,5). Todos sabemos que en Israel hablar de labios impuros es hablar de la impureza total del hombre.

A este respecto nos acercamos al corazón del autor del salmo 143. Este fiel israelita sabe perfectamente quién es ante Dios: un pecador. Dicho esto y teniendo la conciencia de que no puede presentarse limpio ante Él, y que tampoco es buena solución esconderse de su presencia como hicieron Adán y Eva cuando pecaron (Gn 3,8), toma la decisión de hablar con Él por medio de la oración salida de sus labios. Oración que es toda ella una súplica apelando a su misericordia y compasión porque, al igual que todos los hombres, también él es impuro. Tiene lo que en términos de la espiritualidad bíblica se llama la lepra del corazón: «Yahvé, escucha mi oración, presta oído a mis súplicas, por tu lealtad respóndeme, por tu justicia; no entres en juicio con tu siervo, pues no es justo ante ti ningún viviente … Me acuerdo de los días de antaño, medito en todas tus acciones, pondero las obras de tus manos; hacia ti mis manos tiendo, mi alma es como una tierra que tiene sed de ti» (Sal 143,1-6).

Pues bien, igual que en el pasaje anterior, el del cayado, bajo el signo de su mano llena de lepra por haber tocado su pecho, su interior, su corazón, Dios quiere hacer ver a Moisés que él es el Libertador de Israel; que la salvación de su pueblo santo se llevará a cabo porque Moisés actuará no a título personal, es decir, no en su propio nombre, sino en el de Aquel que le envía. En realidad le está diciendo que es tan impuro y pecador como ellos, que Israel será conducido a la libertad, a la tierra prometida, a causa del Santo de los santos, es decir, Él mismo.

Ser como todos los demás, un pecador, un hombre impuro, he aquí el sello y la condición que caracteriza e identifica a los hombres y mujeres de todos los pueblos de la tierra. Alcanza al pueblo santo de Dios y a su nuevo pueblo: la Iglesia del Señor Jesús.

En realidad todas las personas que han sido llamadas por Dios para cumplir una misión pudieron decir, dijeron y dicen, al igual que David: «Mira que en culpa ya nací, pecador me concibió mi madre» (Sal 51,7). Justamente porque eran conscientes de quién y cómo eran, no se despegaron de Dios. Bien sabían que sin Él eran nada, y que nada podrían hacer como muy claramente dijo Jesucristo a sus discípulos: «Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15,4-5).

La conciencia de quiénes y cómo eran, la clarividencia de la mirada de Dios sobre ellos cuando eran llamados, dio a todos estos hombres y mujeres una sabiduría especial ante su propia realidad. La sabiduría de que Dios podía convertir sus egoísmos en entrañas de compasión y misericordia hacia sus hermanos. La sabiduría de que no hay misión por muy grande que sea que no esté apoyada en estos dos pilares: misericordia y compasión.

Con estos signos Dios está catequizando a Moisés en lo más profundo de su corazón. Ahora ya sabe que es uno más con y como ellos. La misión que le ha sido confiada no le confiere ningún privilegio, es más bien un servicio. Intermediario entre Dios y su pueblo, Moisés vivirá con una mano apoyándose en Dios, y con la otra compartiendo la debilidad de los suyos.

La verdad es que esta imagen tan bella de Moisés no la entendió muy bien aquel hombre de quien nos habla Jesús que subió al Templo a hacer oración. Abriendo sus labios hacia el Dios que según su perverso corazón le escuchaba con agrado, le dijo: «¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúltero s, ni tampoco como este publicano» (Le 18,12). Creo que hemos entendido cómo empezó este hombre su alabanza a Dios … ¡marcando una separación con los impuros!, como el publicano que tenía detrás suyo. Es más que evidente que no se conocía a sí mismo, que no conocía la lepra de su corazón

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