XXX Domingo del Tiempo Ordinario
(Eclo 35, 12-14. 16-18; Sal 33; 2Tm 4, 6-8; Lc 18, 9-14)
Las lecturas de este domingo coinciden con las disposiciones previas que se nos recomiendan para orar bien. Todos los textos aluden a la actitud humilde necesaria para ser escuchados por Dios.
La primera lectura afirma: “El Señor escucha las súplicas del oprimido”, a lo que responde el salmo: “Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha”. San Pablo da testimonio de su propia experiencia y asegura: “El Señor me ayudó, y seguirá librándome de todo mal”.
En el Evangelio se nos ofrece una de las parábolas más significativas a la hora de acercarnos a orar. Jesús asegura que aquel que se presentó seguro de sí mismo, justificado por el cumplimiento de la ley, no fue escuchado, y quien se arrojó al suelo, humillado por la conciencia de su pecado, y suplicó la misericordia del Señor, salió justificado.
Estamos llegando al término del Año Jubilar de la Misericordia, y es condición esencial, para obtener el perdón, el reconocimiento de la propia debilidad y el movimiento, al menos de deseo, de pedir perdón. Puede que asalte el sentimiento de vergüenza, pero según el papa Francisco, la vergüenza es algo bueno, indica el sentimiento del pudor, al descubrirse desnudo por el pecado cometido. Ante este sentimiento, la Iglesia responde con el ofrecimiento de la gracia de la perdonanza.
Nos gusta figurar, quizá hasta aparentar, pero Dios nos conoce por dentro, y todo es presente para Él. No sirve camuflarse, ni hacer restricción mental justificativa. No es solución la evasión ni el aturdimiento; tampoco la desesperanza resuelve el problema de la conciencia por el pecado cometido. Solo la humildad y acercarse al Señor nos libra de nosotros mismos y nos devuelve la paz interior.
María, la Madre de Jesús, proclama la misericordia divina, porque Dios ha mirado su humildad. El apóstol Pedro se arrojó a los pies del Señor diciendo: “Apártate de mí, que soy un pecador”. El centurión romano, cuando el Maestro decide ir a ver al criado enfermo, le dijo: “No soy digno de que entres en mi casa”. Estos ejemplos nos enseñan cómo orar de manera adecuada.
Recuerda el texto evangélico: “El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.» Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél, no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»
Ángel Moreno.

8 comentarios
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