Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola: «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: «Cédele el puesto a éste.» Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: «Amigo, sube más arriba.» Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (San Lucas 14, 1. 7-11).
COMENTARIO
En este domingo la Iglesia se vale de una parábola del Señor para enseñarnos el camino que hemos de seguir si queremos vivir como verdaderos cristianos, seguidores de Cristo, Dios y hombre verdadero: el camino de la humildad.
Jesucristo nos ha indicado que aprendamos de Él “que es manso y humilde de corazón” (cfr. Mt 11, 29). Y hoy aprovecha la situación de los invitados a una boda “que escogían los primeros puestos”, para decirles:
“Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos estaban observando (…) Al notar cómo iban eligiendo los primeros puestos, les propuso a los invitados una parábola. Cuando te inviten a una boda, no vayas a sentarte en el primer puesto, no sea que otro más distinguido que tú haya sido también invitado, y cuando llegue el que os invitó a ti y a él, te diga: “Cédele el puesto a éste”, y entonces, lleno de vergüenza, empieces a buscar el último lugar”.
San Pablo, contemplando a Jesucristo, abre nuestra inteligencia para que lleguemos a comprender que es la humildad. Siendo Dios, “se anonadó a Sí mismo, tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres, y mostrándose igual que los demás hombres, se humilló a Sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Flp 2, 7-8).
San Agustín escribe: “De aquí, hermanos míos, que solamente nosotros aprendamos la humildad, porque nos la enseñó Cristo, ya que, siendo Dios se hizo hombre. Y ésta es precisamente la humildad que desagrada a los paganos: por ella nos ultrajan diciendo: ¿Adoráis a un Dios crucificado?” (Enarratio in Psalmo 93, 15).
Seguramente todos conocemos a personas que se creen superiores a los demás; que no piden perdón nunca por el mal que hacen; que no están dispuestos a servir a los demás, ni a hacer favores a quienes se los piden; que quieren los primeros puestos en las reuniones para que los demás reconozcan “lo que valen”; que quieren que se les reconozca que todo lo que hacen está muy bien, sencillamente porque lo hacen ellos; que nunca piden ayuda a nadie, porque están convencidos de que pueden hacer ellos mismos todo lo que les interesa y no quieren deber favores a nadie.
Aprendamos la lección de humildad que Cristo nos da con sus palabras y con sus obras, lavando los pies a los apóstoles en la Última Cena, antes de instituir la Eucaristía, y dejándose clavar en la Cruz en su misión de redimirnos del pecado.
“Cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto para que, cuando venga el que te convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”.
“Humildad es mirarnos como somos, sin paliativos, con la verdad. Y al comprender que apenas valemos algo, nos abrimos a la grandeza de Dios: esta es nuestra grandeza” (San Josemaría Escrivá. Amigos de Dios, n. 96).
Virtud cristiana por excelencia, la humildad abre nuestro corazón al amor a todas las criaturas de Dios; y abre nuestra inteligencia a la luz de la Fe que nos enseña a rezar con toda confianza a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; y abre nuestra voluntad al calor de la Caridad y podamos así perdonar, amar y pedir perdón a todas las personas, con el amor de Cristo. Y dar gracias a Dios, que nos ama, en su Hijo Jesucristo que da su vida por nosotros y nos ama “hasta la muerte, y muerte de cruz”.
En las palabras de la Virgen Santísima descubrimos las maravillas del amor de Dios en un corazón humilde:
“¡Qué bien lo entendía Nuestra Señora la Santa Madre de Jesús, la criatura más excelsa de cuantas han existido y existirán sobre la tierra! (…) Canta que en Ella se ha realizado una vez más esta providencia divina: “porque ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava, por tanto, ya desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones” (Lc. I, 48). (…) La humildad de la Virgen es consecuencia de ese abismo insondable, que se opera con la Encarnación de la Segunda Persona de la Trinidad Beatísima en las entrañas de su Madre siempre Inmaculada” (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 96).
