En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo». (San Mateo 5, 1-12a).
COMENTARIO
Nos encontramos hoy ante este texto central y luminoso del Sermón de la Montaña según san Mateo. La mayoría de los estudiosos considera que las bienaventuranzas proceden de la llamada fuente Q (del alemán Quelle, «fuente»), una antigua recopilación de dichos de Jesús, redactada en griego y conservada, casi íntegramente, en los evangelios de Mateo y Lucas. Ambos evangelistas reciben esta tradición común, pero la presentan de modo distinto, de acuerdo con sus respectivas teologías y comunidades.
Lucas sitúa las bienaventuranzas en un discurso pronunciado en la llanura (cf. Lc 6,17-26), con un tono más directo y social, donde se subraya la situación concreta de los pobres y marginados frente a los ricos y satisfechos. Mateo, en cambio, las coloca en la montaña (cf. Mt 5,3-11), un espacio cargado de simbolismo bíblico que remite a Moisés y a la revelación de la Ley, y las presenta como actitudes interiores que configuran al verdadero discípulo. Mientras Lucas acentúa la urgencia del Reino y la justicia social, Mateo subraya la plenitud de la Ley y la identidad de la comunidad creyente. Si alguno tiene interés en profundizar en esta tradición, pueden consultarse, entre otros, S. Guijarro, Dichos primitivos de Jesús (2004), y A. Vargas-Machuca (coord.), La fuente «Q» de los evangelios (2004).
Toda experiencia religiosa consta de tres elementos fundamentales: el racional-cognoscitivo —la visión cosmológica que asume la religión y la doctrina—; el práctico —los ritos y la moral—; y, como alma de ambos, el elemento experiencial, sin el cual los otros dos quedan vacíos. En tiempos de Jesús, muchos grupos religiosos —entre ellos los fariseos— ponían el acento principalmente en la observancia de la Ley y en la práctica cultual. Jesús, sin despreciar la Ley ni el culto, se dirige al núcleo más profundo: el corazón, lugar donde acontece la verdadera experiencia de Dios y donde se gesta la respuesta libre del hombre.
Para mí, el Sermón de la Montaña puede entenderse como el desarrollo de esta afirmación de Jesús: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes y se las has revelado a gente sencilla» (Mt 11,25). Jesús no se regocija porque los sencillos dominen la normativa religiosa o destaquen por su cumplimiento exterior, sino porque han acogido la gracia que les permite reconocer el misterio de la encarnación de Dios en Él.
El Señor nos revela que aquellos a quienes el mundo mira por encima del hombro son, en realidad, los verdaderamente dichosos. Su necesidad, su carencia, su pobreza real o interior les abre el corazón para recibir el mayor de los dones: Jesús mismo, manso y humilde de corazón. Lo sorprendente es que, en las bienaventuranzas, estos «últimos» —los invisibles, los que no cuentan— tienen nombre y rostro. En ellos resplandece, de un modo casi palpable, la riqueza infinita y multiforme de la gracia de Dios, una gracia que supera la mera teoría y la práctica religiosa entendida como cumplimiento externo.
Esta palabra que Jesús dirige a sus discípulos —a ti y a mí— escruta las intenciones más profundas del corazón. ¡Cuidado con los éxitos que persigues! ¡Cuidado con aquellos a quienes desprecias! ¡Cuidado con asumir, sin más, los criterios del mundo! Porque, del mismo modo que Cristo ha elegido la sencillez del pan y del vino para hacerse presente en su Cuerpo y en su Sangre, así elige corazones sencillos, sin doblez, verdaderos, como lugar de encuentro con el ser humano.
El biblista Juan Mateos propuso esta traducción para la primera bienaventuranza: «Dichosos los que eligen ser pobres, porque ellos tienen a Dios por Rey» (cf. El Evangelio de Mateo. Lectura comentada, Cristiandad, Madrid, 1981) . Esta clave ilumina todas las demás. Las bienaventuranzas no describen una situación pasiva, sino una elección: Se trata de una llamada a la libertad que Dios ha querido preservar en nosotros, incluso tras el pecado. La fe es siempre un diálogo libre y voluntario con el Señor, como nos muestran María, Abrahán, José y tantos otros hombres y mujeres, como tú y como yo. Todos ellos recorrieron el camino de la kenosis, el mismo que recorrió Jesús, y en él encontraron la verdadera dicha, la gloria de Dios.
Unámonos, finalmente, a la oración del salmista, con el deseo de ser uno de esos sencillos bienaventurados para que no transitemos por caminos de «doblez»: «Sondéame, oh Dios, conoce mi corazón; examíname, conoce mis desvelos. Mira si mi camino se desvía y guíame por el camino eterno» (Sal 139,23-24).

1 comentario
No puedo contestar como quisiera mi fé es grande pero poco más puedo decir las bienaventuranzas dan consuelo