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Bautismo de Niños

By Alfredo Esteban Corral20 de marzo de 2016No hay comentarios4 Mins de lectura
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¿Es bueno bautizar a los niños, bebes, recién nacidos? ¿No se trata acaso de un abuso, de una imposición arbitraria? Recientemente he descubierto tres frentes distintos opuestos a bautizar a los niños cuando son pequeños, considerando preferible esperar a que crezcan y que ellos mismos decidan. Laicistas, evangélicos diversos y personas comunes coinciden en este punto. Ciertamente es un asunto que cae en la competencia de los padres, aunque alguno de esos “frentes” ha criticado precisamente la comprensible costumbre de que sean ellos quienes transmitan la fe a sus hijos. De todas formas, puede argumentarse, a mi entender en forma convincente, la oportunidad de bautizar a los niños lo más pronto posible, respondiendo a la triple interrogante referida.

Un frente de moda procede del laicismo, de corte más bien libertario. Bautizar a un niño pequeño supondría un abuso, un decidir por él, una intromisión en su libertad, en un asunto tan importante como la religión y por ende la espiritualidad de cada uno. Cabe decir que esta objeción hace agua por muchos lados, y muestra claramente su matriz ideológica. Es decir, trata del hombre como de una abstracción; olvida por una teoría o un ideal la realidad. Confunde libertad con autonomía y erige a la libertar en un ídolo, siendo la autonomía una especie de valor absoluto. Suena bonito, pero es irreal. La libertad humana, nos guste o no, está situada, contextualizada; si se quiere, limitada –aunque suene feo-, sin que por ello pierda su carácter de libertad.

Sólo Dios es libertad absoluta. Nosotros no, y no hay en ello ni sombre de desdoro. No elegimos existir, alguien lo hizo por nosotros; ni la época en que vivimos, ni la cultura que tenemos, ni el país en que nacimos, ni a nuestra familia, etc. El hombre no es primeramente una isla libertaria y autónoma, sino que se gesta en un ambiente de comunión: la primera y más inmediata es la familia, pero también la cultura, la nación y la época en la que a uno le toca vivir, y es dentro de ese escenario donde ejercita su libertad. Pero para hacerlo, debe aprender, los “niños salvajes” inducidos por Russeau han muerto siempre. Necesitamos familia, valores, educación, y entre estos contenidos, se encuentran también las respuestas a las preguntas más profundas, respuestas que ordinariamente ofrece la religión.

Cabe decir además que esta objeción de corte secularista libertario va en contra de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que en su artículo 26 & 3 reza así: “Los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos”; es decir, se trata de una crítica marcadamente totalitarista; de un curioso totalitarismo libertario que conculca uno de los derechos básicos de los padres, como lo han hecho históricamente los sistemas totalitarios en Corea del Norte, Camboya, etc. Los extremos se tocan.

El segundo frente es más bien religioso. Muchas confesiones cristianas, de matriz evangélica, promueven el bautizo de adultos rechazando el de los niños. En su caso es más fácil responderles desde la misma Biblia que se aprenden de memoria. Basta leer, por ejemplo, Mateo 28, 19: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”; no dice “a partir de los 18 años”, ni ninguna cláusula semejante. Es verdad que añade en el versículo 20: “enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado”. Esa es precisamente la función de lo padres, tan importante en los niños que da lugar a la figura y a la responsabilidad del padrino: no basta bautizar, hay que enseñar la fe, no sólo con la teoría, sino principalmente con la vida familiar. Sobra decir que lo aprendido en la infancia es lo que mejor se aprende.

El tercer frente es más sencillo. Los padres que sin “contaminación ideológica” piensan que es mejor que él decida. Es una opción poco lógica y coherente. El niño no eligió venir al mundo, ni su familia, ni su nombre siquiera: lo han hecho ellos; y ellos quieren, en la medida de sus posibilidades, darle lo mejor a su hijo (educación, alimentación, formación, herencia, etc.) Entre esas realidades está el darle un credo, lógicamente el que ellos practican, por considerarlo bueno. No hacerlo es ya elegir también por el niño la ausencia de religión, dejando en ese caso un vacío espiritual enorme en su desarrollo completo, es decir, causándole un daño al privarlo de un bien.

Mario Arroyo

Doctor en Filosofía

p.marioa@gmail.com

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