Dijo Jesús: «¡Ay de ti, Corazin! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, hace tiempo que, sentados con sayal y ceniza, se habrían convertido. Por eso, en el Juicio habrá menos rigor para Tiro y Sidón que para vosotras.
Y tú, Cafarnaúm, ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el Hades te hundirás!
Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado.» (Lucas 10,13-16)
COMENTARIO
Hay gloria alboreando con solo escuchar a Jesús revestido de Palabra que anuncia el amor y enciende sus luces en el alma. El que lo ha sentido y aceptado, aunque sea una vez en la vida, ya sabe la Verdad, y tiene la medida de todos los demás amores que van con nosotros.
Pero ¡Ay!, la tristeza de Jesús por su rechazo en las personas cercanas, donde habían sido más claros y abundantes los signos de presencia de Dios, es uno de sus dolores más explícitos contados en los Evangelios. Hasta en el juicio torticero, Él guardó silencio. Pero ante Corazín, Betsaida o Cafarnaúm, no pudo callar. Como no lo hizo frente a escribas y fariseos. Suspiros de dolor y condena nos revelan la humanidad de Jesús que, como nosotros cuando lo damos todo, Él lo quería todo. Así es el amor.
También en el dolor del desamor podemos encontrar al hombre Jesús, insólitamente triste por tener que decir a los suyos “¡Ay de ti! ...”, pero gozoso en lo escondido de su alma, porque a pesar de todo, Él sí los amaba. Por eso es el Maestro, porque clavado en la cruz y ninguneado hasta el barro, Él sigue amando y esperando respuesta. Sabe que lo esencial no será ni siquiera que lo amemos y nos convirtamos, sino que Él nos ama, y no puede cambiar porque es Dios. S. Juan lo decía claramente. “Dios es Amor… el que no ama a su hermano a quien ve, no conoce a Dios” … y en el viceversa, el que ama, conoce de alguna forma a Dios ya en esta vida, aunque sea “como en un espejo”, quizás hasta empañado.
La encarnación diaria de Jesús ocurre en los cercanos cuando hablan de Dios con su vida, y nos señalan el camino del Padre. Esa técnica del camino en escucha y aceptación, es la voluntad de Jesús para que su presencia sea efectiva entre nosotros hasta el fin de los siglos, es recibir su presencia en la palabra, en la pobreza, en la humildad de los suyos. Y afinando el oído y la vista, lo vemos incluso en los que no saben que son suyos aún, esperando que alguien lo desvele en la cercanía que Él socorre y abraza.
No dice el Evangelio que el que escuche la palabra de los suyos llegará a unirse con Él tras un camino largo de lucha con el mundo, sino que “el que escucha a los suyos” ¡ya lo recibe a Él en persona! Y con su Espíritu, recibe también al Padre. Por eso descubrirlo es siempre una golosina, y el sabor agrio de la cruz no le quita su dulzor. Así es el amor.
Hasta en sus peores reprimendas, Jesús es bendición y luz personal para el caminante. El gran misterio es ver a Dios en los que evangelizan, aunque no nos guste su forma de hilar el discurso de fe, y aunque sea obvio que se puede hacer mejor. Pero Él nos da su clave de entrada al mundo invisible del amor, a la realidad energética que todo lo sostiene: “Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha”, con el sentido de que ‘escucharlo’, para Él es recibirlo y convertirse así en su familia, su madre y sus hermanos, bajo la tutela del Padre. ¿Escuchar a Dios es aplicable al amor humano? Sí. Hay que conocer las sombras para valorar la luz, los pintores lo saben. Por eso cuando en el amor humano hay un fogonazo que espanta sombras, no importa en qué momento vital, uno descubre que es otro tipo de luz, Luz de Dios. Porque a veces se confunden demasiadas cosas con el amor.
Le ocurrió a aquellos pueblos con Jesús, como cuando en una pareja desaparece el hervor inicial del enamoramiento y ya no hay más nada que ofrecer en la relación, el electroencefalograma es plano! Hastío, aburrimiento, desencanto. Y llega el divorcio, tan fácil hoy, o la aceptación de por vida de una estabilidad afectiva neutra, cómoda, sin exigencias y sin crecimiento. ¡Cuántas parejas y entregas religiosas hay así!
Cuerpo y alma nos hizo Dios, inseparables en esta orilla del camino. Por eso no hay amor sin cruz, con leños demasiado llenos de espinas a veces.
Si la cruz es visible, los que nos rodean nos alabarán, admirarán, compadecerán… y nuestro ego crecerá. Con altavoces no vale una cruz. Pero si es invisible, ¡ay! ¡Vale el doble! Cuando nadie tiene noticia de nuestro dolor, sino solo Jesús y nosotros, entonces pesa más. Con aliños de soledad, sequía, ausencia, silencio… Nadie mejor que Él entiende la dureza del camino. Se hizo hombre para eso. Y con mimo y en secreto, como en sus abrazos, da Luz, guía y ayuda en silencio.
¡Que nada nos detenga! No vale rendirse cuando un amor tiene Calvario. Porque todos somos promesa en la vida de alguien. Si te cansas, toma aliento en la oración, aunque sea torpemente, pero no renuncies! Él puso esa orden de recibirlo en tu corazón y se cumplirá, así sea en lo eterno.
Los cambios y quiebros en un camino asfaltado son rompedores y difíciles de tragar, pero necesarios para crecer, porque son Cruz. ¡Qué bonito escuchar el pálpito de impulsos nuevos y aprender a dialogar con ellos! Y qué terrible escuchar su ¡Ay de ti, porque no me conociste cuando pasaba a tu lado!
