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ANGELES EN ADVIENTO 1

By Alfredo Esteban Corral4 de diciembre de 2020No hay comentarios5 Mins de lectura
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“Ángel de mi guarda, dulce compañía, ¡no me desampares  ni de noche ni de día!”, es una de las primeras oraciones que aprendemos en una familia cristiana. Y en verdad sentíamos su compaña y amparo, porque los niños son conocidos y conocen a sus ángeles, que «ven el rostro de Dios». A los mayores, nos da vergüenza decirlo, y más aún que sentimos su compañía mientras esperamos al Señor. Pero al fin, ya maduros y casi otra vez niños, no nos importa el qué dirán, y volvemos a disfrutar la compañía cercana de los ángeles a todo hombre, como azafatas del vuelo hacia la Patria.

Escuchando el Evangelio, en los pasajes en que se nombra algún Ángel anunciador, nuestra atención normalmente se centra en la persona anunciada y en el anuncio, y no en el ángel portador.  Quizás  por la importancia y luz propia de las figuras a quienes se aparecen, —María, José, Zacarías etc…— y la magnitud de la Noticia sobre el Salvador, pocas veces pensamos en los ángeles como actores reales e importantes en nuestro mundo de fe. Pero son seres vivos, con nombre propio, que comparten muchas cosas con el hombre, y aunque seamos aún distintos a ellos, tenemos un mismo Espíritu y un mismo Dios. Su naturaleza espiritual, su vida y su servicio puestos al servicio del Misterio de Dios, influyen en nuestra propia vida, incluso hoy, ahora mismo, para cada uno de nosotros. No son seres imaginarios, como hadas de un cuento que ayudan a los héroes inyectando fuerzas y valores a sus aventuras. Los ángeles de Dios y nuestros, son seres cercanos, de naturaleza espiritual, que viven en el “subir y bajar” de la Palabra noticiosa entre Dios y los hombres, como las luces que portan la Noticia. Así los vio Jacob y lo repite Jesús: «En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre» (Jn 1,5). Son observadores, y de alguna forma partícipes de nuestra vida buena o mala, hasta llegar a la casa del Padre suyo y nuestro, tras la muerte. Por eso en el acto penitencial de la Eucaristía nos confesamos pecadores ante ellos: “Yo confieso ante Dios, ante los ángeles, los santos y vosotros hermanos, que he pecado mucho…”. Y al final de nuestras vidas, mirando la liturgia tras la muerte, la Iglesia nos encomienda a ellos: “Ángeles de Dios, ¡salid a su encuentro!

Aunque sean superiores, espirituales, imperceptibles por los sentidos, a veces intervienen en el hombre abriendo una comunicación entre su  universo espiritual y el nuestro de sentidos, como agujeros o carriles blancos de la gracia de Dios. Por eso son reconocidos en todas las culturas con características similares. Aristóteles argumenta en su lógica metafísica, que si existe un motor primario, debe haber motores secundarios en todo lo que existe. Son nuestros ángeles, creativos, recreativos, vivos y con un cometido en la fe e incluso en el mundo físico que nos rodea, donde son incitadores de nuestros progresos científicos, espirituales, religiosos y de valores buenos en el hombre, porque siembran y cuidan las ideas y luces con su fuerza, hasta que lleguemos a ser como ellos, en el estado del amor constante, en el Reino de los cielos, donde se ve a Dios como es.

Hay también ángeles malos, caídos de su árbol de vida, porque fueron libres, e hicieron lo contrario a Dios por su envidia y soberbia. Pero, como el hombre que los siga aquí, tendrán un mal final tras el gran juicio. La mayor actividad de Jesús mientras estaba por estos lares, fue la expulsión de espíritus diabólicos, demonios, con toda su ralea de enfermedades y conductas viciadas. Su príncipe Beelzebul —padre de las moscas y la suciedad—, temblaba y se retorcía con solo oír su nombre: “Yeshua hamashiaj”, Jesús el Ungido, el que salva al hombre.

Hablar hoy de realidades personales invisibles, en nuestra cultura físico-hedonista tiene poco recorrido. Pero en cambio nos pasamos el día interesados e intervenidos por el Covid-19, por el oxígeno, los rayos X, las transmisiones de internet etc…, que tampoco vemos, pero que conocemos por su efecto en nuestras vidas.

En el Evangelio de la Encarnación e Infancia de Jesús, la intervención angélica se realiza en la intimidad. Solo los contactados los ven y los escuchan, así Zacarías, María, José o los pastores de Belén. Después, algunas veces los oyen todos los que están cerca, como la gente sencilla que estaba con Jesús cuando se le abrían los cielos en su Bautismo o a en su acción de gracias. Para unos solo era un trueno, para otros “le había hablado un ángel”, y el evangelista nos dice que era la “voz del Padre”. Preciosa definición de los servicios angélicos para los hombres: son como “la voz del Padre”. Jesús es el Verbo, la esencia, el contenido de la Palabra, y los ángeles son el sonido de luz que anuncia y lleva la Palabra, como la voz del hombre lleva sus ideas, los sentimientos de piedad, amor y fe, los ángeles, los buenos ángeles del Eu-angelio, llevan al Verbo de Dios, al mismo Dios.

Al final del tiempo, vendrán con Jesucristo en su gloria, y separarán el trigo de la paja y la cizaña, interviniendo de forma espectacular en la liturgia final de este mundo, con trompetas e instrumentos de vida o destrucción total.

(Continuará)

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