En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: “¿Adónde vas?”. Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré.
Y cuando venga, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena. De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis; de una condena, porque el príncipe de este mundo está condenado» (San Juan 16, 5-11).
COMENTARIO
Os conviene que yo me vaya: si yo no me voy no vendrá el Paráclito.
Es lo mismo que le dice a María Magdalena: no me retengas.
Dios es Creador, es un artista. En la primera creación deja su impronta: hace al hombre a su imagen y semejanza.
En la nueva creación ya no es su imagen y semejanza lo que nos deja, sino su misma naturaleza: su ser divino es el que penetra nuestros corazones.
“Lo que voy a hacer con vosotros es daros mi propio espíritu, con el que haréis las mismas obras que yo hago”.
¿Cuáles son esas obras, las obras de Dios?
Murió. Presentó su cuerpo a la muerte, que es el fruto del pecado, de nuestra separación de Dios y dejó que la muerte lo engullera. Engañó a la muerte, porque, ¿quién pudiera haber sospechado (ni siquiera la muerte lo hubiera podido sospechar) que quien es la vida por sí misma, cediera su condición eterna y se hiciera temporal, sujeto a la condición humana, y con ese cuerpo, bajó a los infiernos para buscar a la oveja perdida, a Adán, a cada uno de nosotros, y con esa oveja perdida, con nosotros, subiera al cielo para hacernos entrar en la casa del Padre?
Este es el Espíritu prometido. Es quien nos ayuda a discernir sobre el pecado, la justicia y el juicio:
Ese espíritu nos ayuda a discernir sobre el pecado, porque sobre el pecado de Adán ya aparece la promesa de un Salvador. Dice Gn 3, 15: «Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar.» El linaje de la mujer, de la nueva Eva, destruirá la muerte, pisará la cabeza del dragón, mientras este le muerde su pie.
Nos ayuda a discernir sobre la justicia. La justicia de Dios, que tantas veces hemos interpretado al estilo humano, de que Dios premia a los buenos y castiga a los malos, en esta terrible interpretación moralista, desmentida por el propio evangelio (entre otros muchos pasajes, nos encontramos con Dios, que es bueno, hace salir su sol sobre puros e impuros; o ese otro pasaje: hasta el justo peca siete veces…, es otra cosa: la justicia de Dios es hacer pagar al Hijo lo que se merece el esclavo, en ese inaudito intercambio. Cambia el sacrificio de Isaac por el del cordero, símbolo de Jesucristo, el cordero sin mancha.
Y nos ayuda a discernir sobre el juicio, porque el príncipe de este mundo ya está juzgado. No cabe en el cielo nada que no sea la beatífica contemplación del Santo de los Santos, fuera de toda concupiscencia, deseo, ambición, protagonismo. El hombre completo, unido a su Dios. En el cielo no cabe la rebelión.
Estamos llamados a no contristar ese Espíritu derramado a la Iglesia en Pentecostés. Estamos llamados a acogerlo en nuestro interior y dejar que sea Él quien nos inspire, en cualquier momento, de bonanza o de tormenta, de crisis o de persecución. Dejemos que el Espíritu Santo sea nuestro guía y Él será nuestro Defensor.
