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Evangelio

A los ocho días, llegó Jesús

By José María Soler Areta7 de abril de 2024No hay comentarios4 Mins de lectura
Reflexion, evangelio, hoy
Comentario al evangelio de hoy Jueves
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Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor».

Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros».

Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».

Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!».

Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre (San Juan 20, 19-31).

COMENTARIO

Paz a vosotros.

¿Por qué es este el saludo de Jesús?

Porque evidentemente la paz, la pacificación interior está intrínsecamente unida a  la experiencia personal del perdón de los pecados. Y todos los allí presentes, empezando por Pedro, tenían de qué arrepentirse. Arrepentirse de haber sido cobardes, de no haber estado a la altura, de no haber creído a quien ahora se les aparece.

Todos estamos necesitados de esta paz.

No podemos controlar lo que nos pasa, acontecimientos que mueven nuestras emociones, que disparan nuestros miedos, rupturas dolorosas, ausencias, avatares, incomodidades, persecuciones, acusaciones, lo que sea que nos pasa… Y lo que sea que nos pase nos arrebata la paz interior.

Por eso el resucitado viene con la Paz, que está asociada al Espíritu Santo. Ese espíritu que es el que capacita para perdonar los pecados.

Pero Tomás no estaba presente.

Tomás tiene en los evangelios tres intervenciones personales:

«Tomás, llamado Dídimo[1], dijo a los demás: Vayamos también nosotros y muramos con Él.» (Jn 11,16).

«Y Tomás le respondió: «Señor: no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”». (Jn 14, 15).

Y esta que nos ocupa.

Conviene recordar esto, porque señala cuál es la posición de este apóstol en relación con Cristo, que no es otra que el que señala con el dedo cuál es el camino, que es el camino de la Cruz.

Y ante el escándalo de la Cruz, Tomás, el incrédulo, que ha manifestado su intención de acompañar a Cristo a la muerte, se echa atrás y viéndose a sí mismo, no cree que Dios haya hecho la locura de encarnarse y sobre todo de elegirlo precisamente a él (había dos, gemelos, y uno fue llamado y el otro no… y surge la pregunta ¿por qué yo?). No cree que Jesús, el profeta, el maestro, sea realmente Dios encarnado.

Un judío no puede ver el rostro del Dios del Sinaí y permanecer con vida.

Esta manifestación del amor de Dios rompe con toda su esencia. La misericordia de Dios es “el útero de la nueva creación”.

Y así, Tomás, obligado a penetrar en esa misericordia divina, que son sus llagas, no puede menos que arrebolado exclamar: “¡Señor mío y Dios mío!”. No hay reproche, hay testimonio. Tomás es el testigo de la misericordia divina y nos enseña el camino que por fin ha encontrado: dejarte envolver por esa misericordia que se manifiesta en las marcas de los clavos en pies y manos y en su corazón traspasado.

Podemos también nosotros dejarnos envolver por el Jesús resucitado y bucear en lo profundo de su insondable misericordia.

[1] Dídimo significa gemelo.

 

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