En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío: «¿A quién compararé esta generación?
Se asemeja a unos niños sentados en la plaza, que gritan diciendo: “Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; hemos entonado lamentaciones, y no habéis llorado”.
Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: “Tiene un demonio”. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores”.
Pero la sabiduría se ha acreditado por sus obras» (San Mateo 11, 16-19).
COMENTARIO
El hombre, por sí mismo, en su naturaleza, se resiste a reconocer su pequeñez, le cuesta reconocer a un ser superior, a Dios, que configura hasta su mínimo estado de ánimo. El ser humano está dotado del suficiente grado de inteligencia para pretender aventurarse en la búsqueda, por sus propios medios, de la felicidad. Se resiste a delegar en nadie esta pretensión. A veces está convencido de que es Dios el que se equivoca porque hay una manera más sencilla y rápida para que su vida sea mejor. Piensa que el Señor escribe con renglones torcidos y que lo podría hacer de otra manera más adecuada. La confianza que tiene depositada en Él está limitada por su razón. No es razonable, dice, que a mí me suceda esta desgracia. Cómo va a ser para mi bien. Si Dios es tan bueno porqué permite esto. Estos pensamientos son el germen que te llevan a distanciarte del Señor. Se puede pasar de sentirse querido a considerarse víctima de manifiestas injusticias. Al final llegamos al punto de ver maldad en el mismo Dios o pensar que en realidad no existe
Ya, en los primeros acontecimientos después de la Creación, el maligno infundió en Eva una rebeldía ante la voluntad de Dios. ¿Qué pretendía el Señor prohibiéndoles comer de un fruto tan apetecible como la manzana? Alto precio tuvieron que pagar sus descendientes por tal acto de soberbia, como alto también fue el que pagó Jesús para conseguir nuestra redención.
Mateo describe en este evangelio a una generación, no diferente a la nuestra, que no está contenta ni se conforma con las distintas manifestaciones del Señor en sus vidas. A Jesucristo
porque bebe el vino de la alegría y alterna con pecadores lo califican de borracho y amigo de paganos. A San Juan el Bautista, que muestra una vida austera y ascética le acusan de estar endemoniado. Nada satisface a la razón y los deseos de esta generación. Piensa que es capaz de establecer su propia vía de salvación, lejos del sufrimiento o su razón. No está dispuesta a abandonarse y vaciarse por completo para dejar sitio a Dios. Más pronto que tarde se encuentra en terreno árido, poblado de aullidos. Vive en un desierto. El mundo, el demonio y la carne fabrican espejismos que esconden vacío y frustración.
Pero Jesucristo sigue mandando profetas a estas ovejas descarriadas. Algunas los recibirán y tendrán tiempo de salvarse.
Porque “ahora es tiempo de salvación” Pero otros serán sorprendidos con la vela apagada y sin aceite, con un destino, como vulgarmente se dice, que no se lo desearía ni a mi peor enemigo.
El Señor no nos quiere robar la alegría y los placeres que Él mismo ha depositado en nuestro ser. Tomar en peso nuestra vida y que nuestros pensamientos y acciones se conformen al destino prometido de vida eterna no está reñido con el disfrute de lo que Dios ha puesto a nuestro alcance. Todo lo contrario, podremos disfrutar más de las pequeñas y grandes cosas de nuestra historia. Seamos sagaces en todo esto porque Satanás también sigue mandando a su “profetas” en un afán desesperado para arrastrarnos al infierno.
Dejémonos salvar en la voluntad de Dios y alcanzaremos la verdadera y absoluta libertad. Si buscamos otras libertades estaremos encadenados.
Dios ha puesto en nuestras alforjas una serie de armas para vencer a un Satanás más inteligente que nosotros pero que está condenado desde el mismo momento en que se rebeló. Porque tampoco aceptó la voluntad de Dios y se creyó mejor que Él. El demonio sabe que su destino, inamovible, es habitar el fuego del infierno por toda la eternidad y pretende consolarse arrastrando con él al mayor número de hombres posibles. Odia a Dios por haber creado al hombre, al que envidia profundamente. Sabe que no le queda mucho tiempo y actúa con desesperación.
Busquemos y recordemos esos momentos de nuestra vida en los que el Señor se ha mostrado omnipotente y misericordioso. Cuando ya habíamos perdido toda esperanza y estábamos ontológicamente muertos. En el camino de la fe cada uno tiene un arsenal personal de vivencias. No es necesario que se trate de milagros portentosos. Es suficiente con tener el convencimiento de que sólo Dios ha podido sacarnos de aquel atolladero. Pues es el mismo Dios que algunas veces no entendemos. Confiemos siempre en Él y démosle tiempo al Señor del tiempo. No quedaremos defraudados. Esto no es publicidad engañosa ni una falsa noticia. El que esto escribe es testigo de que el Señor permanece fiel. En su momento veremos que el rompecabezas de nuestra historia encaja perfectamente con una historia de salvación personal y universal a la vez.
Vivamos este Adviento con sosiego y esperanza, para que el Señor pueda encontrar un sitio en nuestra alma.
