Entonces se puso a maldecir a las ciudades en las que se habían realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido: «¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que en sayal y ceniza se habrían convertido. Por eso os digo que el día del Juicio habrá menos rigor para Tiro y Sidón que para vosotras. Y tú, Cafarnaúm, ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el Hades te hundirás! Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que se han hecho en ti, aún subsistiría el día de hoy. Por eso os digo que el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma que para ti». (San Mateo 11, 20-24).
COMENTARIO
Con la llegada de Cristo, se anuncia el Evangelio de la misericordia de Dios sobre la humanidad, sometida bajo el pecado y la muerte. Se abre para el mundo la posibilidad de la vida eterna, que debe conquistarse con la gracia de Cristo. Ignorar a Cristo, o rechazarlo, es permanecer en la maldición de la ruptura con Dios, aferrándose a este mundo que seduce engañosamente y se disuelve en su vanidad. Generación tras generación han ido pasando, como pasará también la nuestra, mientras el Evangelio sigue llamando a la acogida de Cristo para la vida eterna, en medio de un mundo que rechaza a Dios.
Esta palabra está en el contexto del envío de los setenta y dos, que constituye un primer juicio de misericordia ofrecido por el Evangelio. Se anuncia el Reino de Dios con poder, y muchos ignoran las señales que lo testifican y rechazan a quienes lo proclaman, como a Cristo mismo.
Nos enfrentamos al misterio de la libertad, que puede endurecer el corazón de un hombre: “Se obstina en el mal camino, no rechaza la maldad”. Rechazar la luz de la misericordia es hundirse voluntariamente en las tinieblas de la muerte. Los milagros que Dios obra en nuestra vida nos obligan a convertirnos, pues se nos pedirán cuentas de los dones recibidos: “Al que se confió mucho, se le reclamará más”.
Es importante tener en cuenta que las gracias recibidas nos son dadas en virtud de la sangre de Cristo, por lo que no pueden rechazarse impunemente. Rechazar a un enviado suyo es rechazar a Cristo y a Dios. No es lo mismo pecar por debilidad que rechazar la gracia de la misericordia.
El sayal (cilicio) y la ceniza, como penitencia por el pecado y su consecuencia, la muerte, habrían impetrado la misericordia para Tiro y Sidón, que fue rechazada por Corazín (“mi misterio”), Betsaida (“casa de los frutos”) y Cafarnaúm (“villa muy hermosa”). También sobre Jerusalén tendrá que lamentarse el Señor por haber desconocido el día de su “visita”. Todo cuanto existe adquiere sentido gracias a la acogida del juicio de misericordia, que se proclama mediante el anuncio del Evangelio. Rechazarlo hunde la creación entera en la frustración. Como signo visible, Jerusalén fue arrasada, Corazín desapareció y Cafarnaúm quedó sumergida en el lago. La creación entera, sometida, gime en espera de la conversión de los hijos de Dios.
Quien no ha pecado carnalmente, ha pecado por soberbio. ¿Quién puede vanagloriarse de no haber tenido que ser redimido? San Pablo dice que Dios encerró a todos en el pecado para usar con todos de misericordia (Rm 11, 32).
El anuncio del Reino lleva consigo una llamada a la conversión que abre para nosotros las puertas de la misericordia: “Prefirieron las tinieblas a la luz porque sus obras eran malas”. Nosotros somos como aquellas ciudades que gozaron de la compañía y de la presencia del Señor, a las que dirigió su palabra y sus señales. Su incredulidad representa un gran desprecio en proporción a las gracias que se les ofrecieron. ¿Cuál no deberá ser, pues, nuestra respuesta y nuestra responsabilidad, nosotros que nos hacemos uno con el Señor en la Eucaristía?
