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Evangelio

«RECIBID EL ESPÍRITU SANTO»

By Pablo Morata8 de junio de 2025Actualizado:8 de junio de 2025No hay comentarios4 Mins de lectura
Comentario al evangelio de hoy Viernes
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Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (San Juan 20, 19-23).

COMENTARIO

Cincuenta días después de la Pascua, el pueblo de Israel celebra la fiesta de la Alianza en el Sinaí: “Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios”; el desposorio de Yahweh y el pueblo elegido. Vamos, que podríamos decir que se celebra un “aniversario de bodas” pero, que tiene de particular la obstinada infidelidad por parte de un pueblo terco y de dura cerviz y la reiterada insistencia de un Dios siempre dispuesto a perdonar y empezar de nuevo.

Cincuenta días después de la Nueva Alianza: el Misterio Pascual de la muerte y resurrección de Jesús, celebramos el nacimiento de la Iglesia, el “nuevo Israel”. ¿El punto de partida?: Estamos como estábamos. Los judíos obstinados en perturbar el plan de salvación; y los que habían de ser testigos del cumplimiento de las promesas irrevocables de Dios, encerrados y atemorizados. En el instante anterior al nacimiento de la Iglesia, quien domina es el miedo.

Pero en medio del hermetismo, irrumpe la fuerza del Resucitado. A quien no pudieron retener los lazos de la muerte, tampoco podrán frenar los muros del pánico. Irrumpir con las puertas cerradas es anunciar, como lo hiciese de manera insistente el Papa Francisco, que la Iglesia naciente y la Iglesia de todos los tiempos, o es Iglesia en salida o no es Iglesia.

Y dando la Paz, les enseñó las manos y el costado. Da la paz, pero no como la da el mundo. El mundo da una paz cómoda, de ausencia de conflictos, la paz del “que me dejen en paz”. La paz de Jesús deja cicatrices. La misión de la Iglesia es la continuación de la de Jesús: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. El Padre envía a su Hijo sin privarle de la cruz. Hay una continuidad en la misión trinitaria: No existe imagen de Dios distinta a la manifestada en Jesucristo: “Quién me ha visto a mí, ha visto al Padre”. Cualquier imagen de Dios que no esté plasmada en las palabras y gestos de Jesús, no pasa de ser un ídolo, proyección humana, por tanto, un dios inexistente. Ocurre lo mismo con el Hijo: “Nadie puede decir Jesús es Señor si no es bajo la fuerza del Espíritu Santo”. Cualquier imagen de Jesús que se quede en el mero humanismo o que, por el contrario, adopte una actitud propia del monofisismo, negando cualquier sentimiento humano; también cualquier imagen acaramelada y ñoña, como vemos en tantas estampas o cualquiera otra que se regodea en escenas sanguinolentas propias de mentes sadomasoquistas, plasman un “cristo mito” e irreal.

Pentecostés es el paso del tiempo de Cristo al tiempo del Espíritu. Por tanto, nos hace contemporáneos a Jesús y nos enlaza en comunión con el Padre. El soplo de Jesús hacia sus atemorizados discípulos es el soplo del Padre sobre el frágil Adán moldeado de barro: El Espíritu es el autor del hombre nuevo que inaugura la Nueva Alianza.

Por eso el poder de perdonar o retener los pecados no puede interpretarse como una sentencia jurídica, no sé si estaré escribiendo una barbaridad; pero no creo que se esté instituyendo el sacramento de la Penitencia (en el sentido canónico de “instituir”), sino más bien como la constatación de la actuación del Espíritu Santo. Para mí, sería algo así como el “test de fidelidad”: “Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios”. Por tanto, la misión de la Iglesia es, ante todo, estar atenta al soplo del Espíritu, inquieto por alumbrar una nueva humanidad, salvada y redimida por Jesucristo, que dio su vida por amor incluso a sus enemigos y así mostrar la imagen del verdadero Dios, que es bondad, ternura y misericordia. “Por la mañana proclamamos tu misericordia, y de noche tu fidelidad”. Esto hace experimentar el perdón de los pecados.

Una comunidad que se encierra en la norma, que se vuelve temerosa de la acción del Espíritu y recela de la libertad de los hijos de Dios, una iglesia que se encuentra en la situación inicial del evangelio de hoy: retiene los pecados.

 

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