En aquel tiempo, dijo uno de entre la gente a Jesús: «Maestro, dije a mi hermano que reparta conmigo la herencia».
Él le dijo: «Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?»
Y les dijo: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes».
Y les propuso una parábola: «Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose: “¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha”. Y se dijo: “Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”.
Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”.
Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios» (San Lucas 12, 13-21).
COMENTARIO
Buenos días, hermanos: En el Evangelio de hoy podemos ver lo siguiente:
El Señor Jesucristo nos dice: “aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes”.
Para que entendamos lo que esta afirmación significa nos propone la parábola del hombre rico que obtiene una gran cosecha. Llega a la conclusión de que puede vivir largos años sin trabajar ni preocuparse por nada, disfrutando alegremente de la vida.
Ahora pensemos en nosotros. Se acerca el sorteo extraordinario de la lotería de Navidad. Se desata una gran locura compradora de participaciones. Los compradores sueñan con un premio que permita vivir muchos años sin preocupaciones, disfrutando alegremente como el hombre rico de la parábola. ¿Es así en nuestro caso?
El protagonista de la parábola encuentra un “pequeño problema” en sus planes. Tiene bienes acumulados para muchos años, pero esa misma noche va a morir. Tal y como dijo el Santo Padre Francisco hace unos años, nunca se ha visto un camión de mudanzas en un cortejo fúnebre. Todo lo que el hombre rico tenía acumulado se queda aquí. La costumbre egipcia de poner todos los bienes en la pirámide como hacían los faraones sólo aprovecha a los ladrones de tumbas.
Los que actuamos como el protagonista de la parábola tenemos un problema de fe. No creemos el sermón de la montaña. No creemos en la protección y amor del Señor. Tampoco asumimos la petición del Padre Nuestro, “danos hoy nuestro pan de cada día”. Nos gustaría que fuera “danos hoy nuestro pan de toda la vida”.
Como dice el Señor Jesucristo, “aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes”.
Es humano intentar tener el futuro lo más atado posible, pero debemos tener presentes las enseñanzas de este Evangelio. Meditemos en ello.
Una vez más, un abrazo. Unidos en la oración.
