En aquel tiempo, dijo el Señor: «¿A quién, pues, compararé los hombres de esta generación? ¿A quién son semejantes?
Se asemejan a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros aquello de: «Hemos tocado la flauta y no habéis bailado, hemos entonado lamentaciones y no habéis llorado».
Porque vino Juan el Bautista, que ni come pan ni bebe vino, y decís: “Tiene un demonio”; vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: «Mirad qué hombre más comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores».
Sin embargo, todos los hijos de la sabiduría le han dado la razón» (San Lucas 7, 31-35).
COMENTARIO
«¿A quién, pues, compararé los hombres de esta generación? ¿A quién son semejantes?» … Pues a todas las generaciones de todos los tiempos. La insatisfacción humana es un clásico atemporal. Todos conocemos la fábula de Esopo del hombre, el niño y el burro: Si va montado el hombre, ¡qué vergüenza dejar a la pobre criatura andando! Si va montado el niño, ¡qué poca delicadeza no ceder el sitio a la persona mayor! Si se montan los dos: maltrato animal y si van todos a pie, ¡hay que ser tontos para ir andando, pudiendo ir montados en el pollino!
Hace años llegó a mis manos un texto en el reverso del “calendario zaragozano” que no he logrado rescatar, pero que hablaba del cura rural: Siempre habría una razón para criticarle y no estar conforme: Si no salía de la sacristía era introvertido, si se mezclaba con la gente era un fiestero. Si predicaba, se enrollaba; si no predicaba, es que no se preparaba el sermón. Si accedía a excepciones, tenía acepción de personas; si no cedía: “estos curas nos quitan la fe”. Si pedía dinero, era un pesetero; si no pedía es que no le importa la parroquia… y así sucesivamente. Si el Papa expresa su magisterio con rigor y profundidad teológica es propio del “pastor alemán”. Si habla con un lenguaje más de la calle es “populista” y “peronista”. ¡Qué complicado es complacer a todos! ¿verdad? Siempre habrá quienes prefieran criticar en lugar de disfrutar de la música de la vida.
En fin… “la gata Flora…”. Que seguro que sabéis como continúa este refrán argentino, que no voy a reproducir. Si alguien no lo conoce, es fácil de buscar. Y si no le podríamos preguntar al mismísimo Papa que, como buen porteño y con la sorna que le caracteriza, creo bastante probable, visto lo visto, no solo que lo sepa, sino que se le venga a la memoria más de una vez.
Y lo peor de todo, como Jesús reprochaba a los fariseos, es que cuando uno se coloca en medio de la puerta y ni entra ni deja entrar, es que se impide la conversión a quien la busca y la necesita. El “evangelio” siempre es “buena noticia”. El de hoy, por supuesto, también. Cerrarse a la conversión es hacer un “dios” a nuestra imagen y semejanza que nos pone a la defensiva con el verdadero Dios, siempre cercano en cada situación y realidad del hombre. Si San Pablo en el capítulo 12 de la Carta a los Romanos nos exhorta a “reír con los que ríen y llorar con los que lloran” es porque Dios es así y es su propia esencia: “Estar”. Es el Dios que inspira lamentaciones de esperanza al abatido y organiza el baile de fiesta en el banquete preparado para el hijo que regresa a la casa del padre.
Así lo manifiesta en su Hijo Jesucristo, que consuela a la viuda de Naím, que toca y abraza al leproso, que se para ante el ciego de Jericó; que, en definitiva, “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal, porque Dios estaba con él.”
Que se sentaba a comer con los publicanos y los pecadores, aunque le valiera las críticas de ser un borracho y pendenciero. ¡Qué importancia tienen las comidas de Jesús como gesto mesiánico! Él anunciaba el Reino de Dios como un “banquete de bodas”; y ¿qué pasa cuando recibimos una invitación para una boda? Entre bromas, entre en serio, decimos ¡¡que nos ha llegado una multa!! Ale, más gastos. Y si no la recibimos: “hay que ver qué poca consideración, no les importamos nada; pero arrieritos somos… ¡Vamos! “La gata Flora”.
También yo quiero hoy ofreceros una invitación. Es que escuchemos el evangelio del día desde la perspectiva de la primera lectura: “El Himno a la Caridad” de San Pablo. Si se celebra el “Amor”, se celebra en todas las circunstancias de la vida: en el llanto y en el baile. El Amor no critica. Como decía San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”.
Ya sé que podría haber expresado este comentario con una hermeneútica más detallada y precisa, argumentando desde una posición ortodoxa y teológica de mucho mayor calado, pero lo mismo resultaba tedioso y hasta me habríais considerado petulante.
He optado por una síntesis más vana y superficial. Mi querida gata Flora, prefiero que me llames “frívolo irreverente”.
