Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando cumplió los doce años, subieron como de costumbre a la fiesta. Al volverse ellos pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero, al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca. Al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y haciéndoles preguntas; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le vieron quedaron sorprendidos y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando.» Él les dijo: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?» Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó con ellos, vino a Nazaret y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón (San Lucas 2, 41-51).
COMENTARIO
Esta festividad instituida por Pío XII en el año 1944, acompaña a la del Corazón de Jesús, al que está unido el corazón de María desde su concepción, y nos ayuda a contemplar las gracias con las que María fue adornada, rindiéndole un culto de hiperdulía, por la santidad de su relación incomparable con Dios, madre del Hijo encarnado y esposa del Espíritu Santo.
Todo en María nos remite al amor de Cristo, como expresa el Evangelio de las bodas de Caná, al decirnos: “Haced lo que él os diga”, invitándonos a seguir su ejemplo de “guardar y meditar la palabra de Cristo”, en su inmaculado corazón. Ella, la bendita por haber creído cuanto le fue anunciado de parte del Señor.
De su inmaculada concepción deriva su inmaculado corazón, redimido el primero en vista de los méritos de Cristo, y en orden a su llamada a dar a luz al Salvador del mundo.
El evangelio de hoy nos presenta a la madre, comenzando a vislumbrar el resplandor de la espada que atravesará su alma, separándola por tres días del hijo de su amor, hasta reencontrarlo de nuevo en la casa del Padre, a la que también ella será asunta, y donde permanecerán inseparables sus corazones. Sagrado Corazón del Hijo, e Inmaculado de la madre.
También nosotros estamos implicados en esta conmemoración, que nos llama a la esperanza de ver realizarse en nosotros este misterio de salvación por el que el Hijo ha sido encarnado y la madre preservada de todo mal.
Dichosos también nosotros que creemos lo que nos ha sido anunciado de parte del Señor: Que el Espíritu Santo descendería sobre nosotros, siendo cubiertos por el poder del Altísimo, para engendrar en nosotros un hijo de Dios. Nuestra pobreza, gracias al don de Dios, no será impedimento a su promesa, como no lo fue la pequeñez de María.
