En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «En verdad, en verdad os digo: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará.
Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa. Os he hablado de esto en comparaciones; viene la hora en que ya no hablaré en comparaciones, sino que os hablaré del Padre claramente.
Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios.
Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre» (San Juan 16, 23b-28).
COMENTARIO
Hay cuatro cosas que nos guían en nuestro caminar hacia Dios, lo primero la fe (el credo), sus mandamientos, los sacramentos y la oración. Jesús, en el evangelio de hoy nos recuerda la oración: Yo les aseguro: cuanto pidan al Padre en mi nombre, se lo concederá. Este pedir es un pedir en unión con Jesucristo, en comunión con él, que es el amor del Padre.
La mayoría de las veces nuestra oración es de petición, y muy raras veces, si alguna es de contemplación, de acción de gracias o de alabanza. Santa Teresa de Ávila decía que la oración es un trato de amistad con Dios. San Pablo nos dice que es necesario orar constantemente, sin interrupción. San Pablo era consciente de nuestra debilidad y que no sabemos pedir para orar como conviene. Y Santiago nos advierte: “pedís y no recibís, porque pedís mal, para gastarlo en vuestra conveniencia”.
¿Cómo podremos entonces pedir para orar como conviene? Dice San Pablo que el Espíritu Santo viene en nuestra ayuda. La oración cristiana tiene su origen en el Espíritu Santo. La presencia del Espíritu de Cristo en el cristiano le hace orar con la disposición de hijos de Dios. Ésta es la oración a la que se refiere el evangelio de hoy: “Yo les aseguro: cuanto pidan al Padre en mi nombre, se lo concederá”.
Ánimo que se acerca Pentecostés.
