En aquel tiempo, proclamaba Juan: «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.»
Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma.
Se oyó una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto» (San Marcos 1, 7-11).
COMENTARIO
Hoy celebramos la solemnidad del Bautismo del Señor. ¿Qué significa Bautismo?
Es una palabra de origen griego, “baptismos”, que literalmente significa “sumergirse”. En hebreo, el término (y el rito de sumergirse) es “tevilah”.
Rastreamos esta práctica en la Escritura: La humanidad entera fue sumergida bajo las aguas del diluvio, de donde surgió una humanidad nueva, con la que Dios establece la alianza, cuyo signo es el arco iris, de que no volverá a ser sumergida en las aguas de la muerte. (1P 3, 20-21: «en otro tiempo incrédulos, cuando en tiempos de Noé les esperaba Dios pacientemente, mientras se construía el arca. En ella, unos pocos —ocho personas— fueron salvados a través del agua. Esto era figura del bautismo, que ahora os salva, no por quitar la suciedad del cuerpo, sino por pedir firmemente a Dios una conciencia buena, por la resurrección de Jesucristo…»)
El pueblo de Israel, rescatado de la esclavitud de Egipto, se enfrenta al mar hostigado por el ejército egipcio en su retaguardia, y es salvado de la muerte, y de la esclavitud, al atravesar el mar, que pasaron a pie enjuto. («Hiciste pasar a pie enjuto por el mar Rojo a los hijos de Abrahán para que el pueblo liberado de la esclavitud del Faraón fuera imagen de la familia de los bautizados»: Bendición del agua en la liturgia pascual y en el rito del bautismo).
Naamán el sirio quedó libre de la lepra después del baño purificador en el río Jordán, el mismo que acoge a Cristo en su bautismo por Juan.
En la historia del profeta Jonás, que estuvo tres días en el vientre de la ballena, aparece ya configurado el bautismo con el que Jesús va a ser entronizado: estar tres días en el sepulcro.
Es el mismo bautismo que anuncia a los hijos del Zebedeo (Santiago y Juan) cuando su madre le pide que sean ellos los que se sienten en lugares preeminentes en el reino. (Mc 10, 39-40: Jesús les dijo: “La copa que yo voy a beber, sí la beberéis y también seréis bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado.»)
La solemnidad que hoy celebramos es mucho más que un rito de iniciación: es la experiencia de que Dios actúa, salvando a la humanidad de la muerte, abriendo un camino luminoso en el sendero que todo hombre tiene marcado en su destino, que es una fosa. Lo que hace Dios es vaciar la fosa, abrir de nuevo la escala de Jacob, que une el cielo y la tierra, ascender al cielo, porque el cielo antes se ha abierto, y de él ha descendido el mismo Dios que se encarna, para que asumiendo la naturaleza humana, corrompida y exiliada del paraíso por el pecado, sea restaurada a su condición primigenia de imagen y semejanza divina.

2 comentarios
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