En aquel tiempo, habló Jesús diciendo: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que viajáis por tierra y mar para ganar un prosélito y, cuando lo conseguís, lo hacéis digno del fuego el doble que vosotros! ¡Ay de vosotros, guías ciegos, que decís: «Jurar por el templo no obliga, jurar por el oro del templo sí obliga!» ¡Necios y ciegos! ¿Qué es más, el oro o el templo que consagra el oro? O también: «Jurar por el altar no obliga, jurar por la ofrenda que está en el altar sí obliga.» ¡Ciegos! ¿Qué es más, la ofrenda o el altar que consagra la ofrenda? Quien jura por el altar jura también por todo lo que está sobre él; quien jura por el templo jura también por el que habita en él; y quien jura por el cielo jura por el trono de Dios y también por el que está sentado en él» (San Mateo 23, 13-22).
COMENTARIO
El pasaje que comentamos hoy es una parte del discurso de Jesús a los escribas y fariseos. Un discurso tanto más duro cuanto que va dirigido a las autoridades religiosas de su pueblo. Discurso que enlaza con la tradición profética del Antiguo Testamento, pues Jesús es, justamente, aquel profeta que Moisés anunció que suscitaría Dios.
¿Quiénes eran los escribas? Una clase privilegiada: algunos eran sacerdotes, la mayoría procedía de las clases medias, comerciantes, artesanos, labradores. Eran los intelectuales de Israel. Habían estudiado en las escuelas rabínicas durante algunos años. Transmitían la interpretación oral de la Escritura, según la tradición de los sabios y doctores de la Ley; incluso podían interpretarla por sí mismos. Se les tenía por los sucesores de los profetas porque conocían la voluntad divina. Tenían pues, la llave de la ciencia teológica. Ocupaban los primeros puestos en las sinagogas. Habían desarrollado una casuística para cada situación de la vida, y mediante ella agobiaban al pueblo con preceptos insufribles.
¿Quiénes eran los fariseos? El propio nombre lo dice: fariseo=separado. Eran personas separadas del resto del pueblo. Grupos de laicos comprometidos al máximo con los preceptos legales sobre los diezmos y la pureza ritual. Se tenían a sí mismos por el Resto Santo de Israel, y por ello vivían apartados de todos los demás, a quienes consideraban impuros y pecadores. Eran muy poderosos políticamente: eran el partido del pueblo, por oposición a la aristocracia sacerdotal. Muchos escribas eran fariseos. Realizaban con ostentación sus actos piadosos: limosnas, ayunos, oraciones en público.
¿Qué les reprocha Jesús? Que por con el cumplimiento riguroso de los menores preceptos, han olvidado lo más importante de la Ley: el amor y la misericordia hacia los débiles. Que, con su casuística sutilmente elaborada, han encontrado el modo de evitar las cargas que abruman a los demás. Que se han guardado la llave de la ciencia y fanatizan a sus seguidores a fuerza de legalismos. Que, con su pretendida justicia, tienen el corazón podrido de soberbia y engreimiento. Que toda su aparatosa piedad no es más que fachada e hipocresía.
¿Por qué arremete Jesús tan duramente contra los dirigentes de su pueblo? Porque ve lo ciegos y equivocados que están, considerándose a sí mismos los más cercanos a Dios. Porque no se han convertido, ni reconocen sus pecados, ni con la predicación de Juan Bautista, ni con la Suya. Viven realmente de espaldas a Dios, creyéndose justos por sus cumplimientos legales. El intenta a la desesperada llevarlos a la verdad, desmontar su soberbia, sabiendo que ello le llevará a la cruz.
Pues si todas las prácticas piadosas nos llevan al final a considerarnos mejores que los demás, dichas prácticas son falsas.
Van dirigidas, no a Dios, sino a un ego endiosado, idólatra. Son doblez de corazón. De este modo, el discurso de Jesús vale igualmente para nosotros, para los cristianos de hoy, sean teólogos, sacerdotes o laicos comprometidos. Nos avisa: cuidado con creernos justificados y mejores por pertenecer a determinadas asociaciones, por cumplir ciertas normas o participar en actos públicos de Iglesia. Todo aquello que no conlleve una conversión sincera del corazón es hipocresía, fariseísmo.
A lo largo de la historia cristiana hubo siempre movimientos que intentaban separar a una minoría de justos, condenando a los demás. Así los pelagianos, los cátaros, los jansenistas, los puritanos y calvinistas. Todos ellos herederos de los fariseos del tiempo de Jesús. Dios permitió que cayeran en pecados mucho mayores que los que denunciaban. Es una tentación que nunca falta en la Iglesia: separar a los puros de los demás, olvidando que Jesús vivió entre pecadores.

5 comentarios
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