En aquel tiempo, el rey Herodes oyó lo que contaban de Jesús, y dijo a sus cortesanos: «Es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas».
Es que Herodes había apresado a Juan y lo había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, mujer de su hermano Filipo, porque Juan le decía que no le estaba permitido tenerla por mujer. Y aunque quería quitarle la vida, tenía miedo a la gente, porque creían que Juan era un profeta. El día del cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías bailó delante de todos, y le gustó tanto a Herodes, que juró darle lo que pidiera.
Ella, aconsejada por su madre, le dijo: «Dame, ahora mismo, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista».
El rey se entristeció, pero a causa de su juramento y por no quedar mal con los invitados, ordenó que se la dieran; y mandó degollar a Juan en la cárcel. Trajeron, pues, la cabeza en una bandeja, se la entregaron a la joven y ella se la llevó a su madre.
Después vinieron los discípulos de Juan, recogieron el cuerpo, lo sepultaron, y luego fueron a avisarle a Jesús (San Mateo 14, 1-12).
COMENTARIO
El pasado 24 de junio, festividad de la Natividad de San Juan Bautista, leíamos en el pasaje del evangélico del día, cómo los testigos de tan asombroso acontecimiento se preguntaban sobrecogidos: “¿qué va a ser este niño? Porque la mano de Dios estaba con él”.
Pues bien, apenas un mes después, la propia liturgia del día nos da la respuesta. Como casi siempre ha ocurrido, ocurre y, me temo, que seguirá ocurriendo, allí donde Dios pone su mano, los diosecillos tratan de poner sus manazas y la “reina de corazones” que, como en el cuento de Alicia en el país de las maravillas, prefiere ser temida que ser amada, sigue soltando su cansina cantinela: “¡Qué le corten la cabeza!”…
Y, aun cuando en conciencia se sabe que se está tomando una decisión injusta, los sinvergüenzas de este mundo siempre han sabido cómo mover los hilos de los pusilánimes: La corrección política; el qué dirán, el juramento, los invitados… sé de la iniquidad de mi actitud, pero… yo no me señalo. Y como aquellos cuyo único principio es conseguir sus objetivos sin miramiento de escrúpulos conocen la fuerza de sus armas saben en qué momento exacto hay que desenfundar aquello que tira más que dos carretas.
La iconografía cristiana siempre ha representado al bautista greñudo. No sé si tendría mucho pelo en el cuerpo. Lo que no hay duda es que no tenía pelos en la lengua: “Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira inminente? Dad frutos de conversión y no os digáis tenemos a Abraham por padre, porque Dios puede sacar frutos de Abraham de esas piedras” … (Mt. 3, 7-10).” El que tenga dos túnicas, comparta con el que no tiene…”; “No exijáis más recaudación que lo ordenado…”; “No extorsionéis ni levantéis falso testimonio…”, “Conformaos con vuestra soldada…” (Cf. Lc. 3, 10-14).
Es la misión y el destino de los profetas y Juan es “más que profeta”: Ir a contracorriente: Anunciar y denunciar. Ser, lo que hoy se diría “políticamente incorrecto”. Denunciar el pecado, la corrupción, la hipocresía, como Amós, Jeremías, Ezequiel, Isaías… y al mismo tiempo anunciar la “buena noticia” de un tiempo nuevo abierto a la conversión para acoger la misericordia de Dios, allanar el Camino para el advenimiento de aquel que está cerca. Anuncio que acogen los sencillos a quienes se les muestra quien es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
A otros, obtusos de sentimientos que viven embriagados de su propio orgullo en la orgía de los disolutos, ajenos e impasibles a los “desastres de José” (Cf. Amós 6, 4-7) les escuece el mensaje de los profetas y siempre han optado por lo más fácil: matar al mensajero. Y mientras, el rey, que en su conciencia sabe que está desnudo, sucumbe ante las lisonjas de sus turiferarios que no escatiman en elogios sobre la galanura de su inexistente traje, ríen las gracias de la reina de corazones, que prefiere ser temida a ser amada, mientras esperan la porción de pastel o al menos las migajas de la subasta del “país de las maravillas”.
Ya sé que podría haber sido más explícito pero, en el fondo, también claudico ante lo políticamente correcto.
EPILOGO:
“Sus discípulos recogieron el cadáver, lo enterraron, y fueron a contárselo a Jesús.”
En la ocasión anterior donde aparecen los discípulos de Juan en busca de Jesús, aquel se encuentra en la cárcel, detenido precisamente por ser coherente con sus principios, lo que le lleva a ser “políticamente incorrecto”. Llevan como misiva una pregunta concreta: “¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?” (Lc. 7, 20). Esto, “pasado a limpio” vendría a querer decir: “Si por ser fiel a mi misión estoy con mis huesos en la cárcel: ¿ha valido la pena o solo ha sido una aventura idealista que está a punto de desvanecerse?
Jesús no alega disertación alguna, sino que responde con hechos concretos que remiten a que los tiempos mesiánicos anunciados en Isaías 61, 1-4 ya se están cumpliendo: “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados…” (Lc. 7, 22)
Todo muy bien, salvo un pequeño detalle: Uno de los grandes signos mesiánicos anunciados por Isaías es “proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad”. O sea, ¡qué suerte tienen los cojos, los ciegos, los leprosos y los sordos; pero de lo mío no hay nada”; debería haber pensado Juan el Bautista. Jesús anuncia a los discípulos del Bautista una bienaventuranza: “Dichoso el que no se escandalice de mi” (Lc. 7, 23). Para a continuación hacer pública la verdadera misión y el verdadero destino del precursor: “entre los nacidos de mujer, no hay nadie mayor que Juan”, ante quienes rechazaron su mensaje se frustró el designio de Dios para con ellos; mientras a quienes le aceptaron, los hijos de la sabiduría, se cargaron de razón. (Cf. Jn. 7, 24-35)
Por cierto, Mateo en su evangelio constata que el detonante del comienzo de la vida pública de Jesús es precisamente cuando tiene conocimiento del arresto de Juan. (Cf. Mt, 4, 12-17)
Creían que matando al mensajero mataban el mensaje; pero “la Palabra de Dios no está encadenada” (2Tim. 2,9) (Y este será el título del comentario del mes que viene).
