En aquel tiempo, Jesús llegó a su tierra y se puso a enseñar a la gente en la sinagoga, de tal forma, que todos estaban asombrados y se preguntaban: «¿De dónde ha sacado éste esa sabiduría y esos poderes milagrosos? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es María su madre, y no son sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven entre nosotros todas sus hermanas? ¿De dónde, pues, ha sacado todas estas cosas?»
Y se negaban a creer en él.
Entonces Jesús les dijo: «Un profeta no es despreciado más que en su patria y en su casa».
Y no hizo muchos milagros allí por la incredulidad de ellos (San Mateo 13, 54-58).
COMENTARIO
El evangelio de hoy es una clara invitación del Espíritu Santo para que le pidamos la gracia de vivir hondamente nuestra Fe.
Y, a la vez, una llamada de atención para que aprendamos a ver a Cristo, a dirigirnos a Cristo, conscientes de Quién es: el Hijo de Dios hecho hombre, Dios y hombre verdadero.
“Jesús fue a su ciudad y se puso a enseñar en su sinagoga. La gente decía admirada: ¿De dónde saca éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero?”
De vuelta de Egipto, la Sagrada Familia se había establecido en Nazaret. Y después de haberse quedado en el templo de Jerusalén hablando con los escribas y doctores, el niño Jesús fue creciendo sin llamar la atención. La suya fue una vida normal. María y José le veían crecer, conscientes de que era el Hijo de Dios, y en espera de que comenzase a manifestar su misión redentora.
La gente de Nazaret, y los familiares de María y de José, lo han tratado desde pequeño y no han visto en Él nada especial, nada extraordinario. San Lucas escribe:
“Y Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres”. (2, 52)
Jesús quiso comenzar la misión que le había traído al mundo hablando y predicando con sus vecinos, los habitantes de Nazaret; pero ellos no le escucharon. Quizá se habían acostumbrado a verle aprendiendo a trabajar en el taller de José, se habían cruzado con Él al ir por las calles de Nazaret a comprar algo, a recoger agua en la fuente y habrían coincidido también con toda la familia algún sábado en la sinagoga. Y ahora, que comenzaba a anunciarles la llegada del “Reino de Dios”, que anhelaban hacerles partícipes del Amor de Dios Padre, se apartaron de Él.
También nosotros podemos caer en esa ceguera de los hombres y de las mujeres de Nazaret. Quizá nos podemos acostumbrar a ir a Misa, a recibir la Comunión, a rezar recitando oraciones sin darnos muy bien cuenta de lo que estamos diciendo y con Quien estamos hablando.
Nos viene muy bien convencernos de que conocemos poco a Nuestro Señor Jesucristo. Sí, sabemos que es Dios y hombre verdadero; que nació de Santa María Virgen, que padeció bajo el poder de Poncio Pilato, que murió en la Cruz y que al tercer día resucitó. Pero ¿leemos con alguna frecuencia las páginas de los cuatro Evangelios para conocer mejor lo que Nuestro Señor Jesucristo realizó durante su estancia entre nosotros siendo Dios y hombre verdadero?
“Y se escandalizaban de Él. Pero Jesús les dijo: “No hay profeta que no sea menospreciado en su tierra y en su casa”. Y no hizo allí muchos milagros, por su falta de fe”.
También nosotros nos podemos preguntar: ¿hemos leído alguna vez un libro sobre la vida de Jesús, por ejemplo: Jesús de Nazaret, de Benedicto XVI o El Señor, de Romano Guardini? ¿Nos hemos preguntado alguna vez por qué Cristo llora sobre Jerusalén? ¿Por qué el Señor se conmueve ante la Fe que le manifiesta el centurión que le pide la curación de un siervo fiel? ¿Por qué ha querido sufrir muerte de cruz rodeado de insultos y de vejaciones, abandonado de todos, acompañado solamente por su Madre Santísima, y con Ella, del apóstol Juan y de las santas mujeres?
“Y no hizo allí muchos milagros, por su falta de fe”.
Si tratamos fraternal y filialmente a Jesús, llegaremos a descubrir el milagro de su providencia ordinaria, que no llama la atención pero que nos sostiene en nuestra Fe, en nuestra Esperanza, y en nuestra Caridad, también en esos momentos en los que la realidad de su Persona, Dios que nace hombre en el seno de María, nos parece muy lejana e imposible de entender; y sus Mandamientos, toda la Moral, se nos hace más difícil de vivir.
Pidamos a Santa María que no nos escandalicemos nunca de su Hijo, que nos enseñe a tratar a Jesús con toda confianza y cariño, sabiendo que es Dios que nos quiere manifestar con todos los detalles de su vida el amor que Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo nos tiene. Y así, estaremos siempre dispuestos a dar, con nuestras palabras y nuestras obras, testimonio de la Fe que tenemos en Él.
