También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. «¿Habéis entendido todo esto?» Dícenle: «Sí.» Y él les dijo: «Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de su arca cosas nuevas y cosas viejas.» Y sucedió que, cuando acabó Jesús estas parábolas, partió de allí (San Mateo 13, 47-53).
COMENTARIO
El Reino de los cielos es una realidad sobrenatural de gracia, a la que son invitados los hombres que, a la sazón, se encuentran bajo la maldición del pecado, y que deben responder a esta llamada libre y responsablemente, acogiendo la gracia, que como un traje de fiesta, se les ofrece gratuitamente.
Hoy la palabra nos habla del “discernimiento”, necesario para arrebatar el Reino de Dios. El Evangelio lo exalta en las parábolas y en el amante de las Escrituras que ha acogido el Evangelio. La red de la parábola debe también pasar un discernimiento sobre lo que ha arrastrado indiscriminadamente, y al igual que a la buena semilla y a la cizaña, se le concede un tiempo. Nosotros necesitamos discernir para conducir nuestra vida, porque también nosotros seremos sometidos a discernimiento, como los peces de la red, y la gratuidad de la llamada a la salvación, debe ser confirmada por nosotros mientras permanecemos en la red, con la perseverancia de nuestras obras. En Cristo, Dios mismo ha querido introducirse en la red junto a nosotros, y a través de la gracia, ir sanando toda maldad en los pescados para el día del discernimiento.
El discernimiento no es una sabiduría cualquiera, sino la sabiduría para gobernar. Todos necesitamos gobernar bien, aunque sólo sea nuestra propia vida, para conducirla a su meta. Si Dios es “la verdad y la vida plena” a la que hemos sido llamados en nuestra existencia por la “misericordia”, el discernimiento debe guiarnos a él por los caminos de la sabiduría, que se nos revelan como “tesoro escondido” y “perla preciosa”. En efecto dice la Escritura que el temor de Dios es el principio de la sabiduría. Quien posee muchos conocimientos y se aparta de Dios, está falto de sabiduría.
Si el discernimiento es tan importante que de él depende la realización de nuestra existencia, y es vital saber dónde se encuentra o como puede adquirirse. Para san Pablo la condición necesaria para poseerlo consiste en que el amor de Dios, que procede del Espíritu Santo, sea el motor de nuestra vida. “Para quien ama a Dios todo concurre a su bien.” Es el amor de Dios el que ilumina todos los acontecimientos del que ama, para discernir y ser encaminado por ellos al bien. La propia comunidad, como germen del Reino de Dios, independientemente de sus limitaciones individuales, es la perla de gran valor, el tesoro que, sólo el discernimiento del amor que encierra hace posible apreciar a quien lo posee.
Para san Agustín, en efecto, la perla preciosa es la Caridad, y sólo los que la poseen han nacido de Dios. Este es el gran criterio de discernimiento, continúa diciendo porque, aunque lo poseyeses todo, sin la Caridad, de nada te serviría. Y al contrario, si no tienes caridad nada, si a todo renuncias, y lo desprecias, para alcanzar a conseguirla, lo tienes todo, como dice san Pablo: “El que ama ha cumplido la Ley” (Rm 13, 8.10). Ha alcanzado el Reino de Dios que es amor.
