Jesús tomó la palabra y dijo: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso.
Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (San Mateo 11, 28-30).
COMENTARIO
Jesús “tomó la palabra”, como su instrumento de paz y dijo para dolientes de todos los tiempos “Venid a mí”. Nosotros a veces tomamos la palabra y no decimos nada útil, pero Él, en tres versos, nos abre la puerta al descanso aliviando las fatigas.
Es Palabra viva para todos y en todos los tiempos. Cansados y agobiados, tristes o heridos, ya tenemos entrada para llegar a Jesús, fuente de la Vida. Con la unción de su palabra, nuestras cargas, con dudas y trabajos, se hacen yugo suave y ligera carga.
Jesús pone a disposición del hombre el encargo de su Padre de aliviar a los que llevan una cruz al hombro, sin saber siquiera para dónde van. Mansedumbre y humildad como la suya, descansan el alma y el cuerpo fatigados por el servicio y el yugo del trabajo.
La prueba es la experiencia de su luz en el alma mansa que se apoya en Él, aun sin conocerlo a veces. Donde haya descanso y alivio, ahí está Él. Así vista la fe, no es un trabajo ni un agobio más en el camino, sino el motor que alimenta la Verdad. En ocasiones, esa Verdad suya trae también trabajo duro para el que la obedece. Pero Él va delante marcando ritmo, achicando y suavizando dolores que tienen ya un sentido: ¡Venid a mí!
También la esposa y el Espíritu dicen “VEN, ¡Maranatha! es el grito del Adviento. Y es que el amor siempre dice “Ven”, porque el mayor agobio es no tener como faro cercano a quien nos ama y amamos.
Cuando el Señor Jesús nos prepare una morada personal en la Casa del Padre, su imperativo será el simple impulso eterno del amor que libre, pero irremediablemente, va tras Él, (Jn 14). Es necesidad innata en el hombre refugiarse del peligro, de la mar abierta o las fieras salvajes. La Palabra de Dios es refugio y albergue seguro para siempre. Fue su regalo grande a la humanidad: la paz de Cristo.
Cuando uno se tropieza con un texto evangélico de 3 versículos tan densos, con ideas tan concentradas, tan medidas y justas las palabras … produce tremendo respeto.
“Venid, tomad, aprended”…, son imperativos en boca de Jesús que, lejos de ordenar, exhortan y provocan para actuar de una determinada manera que gusta al Padre, al tiempo que son también una súplica fuerte.
“Venid”, la voz frecuente de Jesús da potencia y fuerza al comenzar el texto. Es una llamada con megáfono, para que todos puedan oír y alguno responder. En la confusión del mundo de hoy, Él invita a huir del yugo opresor de las convenciones sociales, de la ambición de poseer, acumular, tener… esa carga tan absurda como un tornillo de Arquímedes, para quien soporta la vida como una repetida faena sin finalidad.
¿Qué ofrece el mundo para alcanzar el descanso? En estos tiempos de plegarias neutras, de anemia religiosa y pensamiento endeble, el ansia humana de seguridad es mayor que nunca. Y no da paz el dinero, ni las drogas de diseño, ni el compulsivo consumo, ni viajar, porque lo difícil es huir de uno mismo. El bien, el mal y la guerra los llevamos dentro.
¿Qué es lo que nos cansa? Oprime, cansa y pesa la carga de las culpas, el miedo a la enfermedad, la pérdida de quienes más amamos, las decepciones, el desamor… Nos cansa esforzarnos en aparentar para que nos quieran, o fingir que queremos cuando no soportamos al otro. Incluso las formas de religiosidad de hoy pueden resultar una carga. Sobre todo, si nuestro Dios nada tiene que ver con el de Jesús. “¡Dios mío, líbrame de mi dios!” (Eckhart). Muchos cristianos quisieran vivir otra presencia del Creador y alejarse de las representaciones hechas de algunos dogmas, que no aumentan la fe, sino que defienden una ortodoxia personal.
Los “amos” del mundo no tienen poder para tocar el alma y descansarla. Jesús ofrece un cambio de sentido en el yugo, aunque no promete eliminar nuestros problemas. Fue el primero que no soltó la Cruz y hasta el final llegó, pero asegura que llevará hombro con hombro nuestras dudas y angustias.
Su voz de amor nos llama: “Venid a mí”…, paciencia infinita siempre, a la espera de que le entreguemos agobios y dolores que Él gestionará como mejor nos convenga. ¿Cómo podemos ser tan desconfiados, tan soberbios, tan duros de corazón? Su ofrecimiento es alucinante: reposo y paz a cambio de represión y estrés. ¿Quién da más? ¿Por qué no aceptamos este Cirineo de lujo y paralizamos cálculos y previsiones? Si nos fiamos de un GPS, ¿por qué no del especialista en rutas? Jesús no propone nunca algo que Él no haya vivido y experimentado. Si actuáramos, no por obligación y ley sino por atracción y amor, otro mundo sería este. Y nosotros de otra forma más cercana al Amado.
