En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío: «Nadie que ha encendido una lámpara, la tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama, sino que la pone en el candelero para que los que entran tengan luz.
Pues nada hay oculto que no llegue a descubrirse ni nada secreto que no llegue a saberse y hacerse público.
Mirad, pues, cómo oís, pues al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener» (San Lucas 8, 16-18).
COMENTARIO
El Evangelio de hoy abre la puerta a una de las grandes verdades de nuestra fe, la razón por la que estamos en el mundo los discípulos de Jesús: ser Luz del mundo como habla Jesús en la Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 5,13-16: Vosotros sois la luz del mundo.
Ser luz en un mundo que no la tiene, aunque lo desconoce, ser luz, no porque sea propia o la hayamos adquirido por nuestra voluntad, sino porque Él nos la ha entregado. Pero ¿Cómo se llega a ser luz? ¿Cómo se alimenta un discípulo que desea entregar a los demás la fuente de vida que Dios le regala?
La respuesta es simple y está anunciada por Jesucristo en el Evangelio de San Juan: La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1,9)
Ese Evangelio que muchos tenemos en nuestra casa, ese libro al que quizás solamente escuchamos en la Homilía del Domingo en la Iglesia, es la Palabra que Jesús nos ha entregado para llenarnos de su luz y regalársela a los demás en forma de Vida, “Vida” con mayúsculas.
Esa Palabra acompaña nuestro camino para acercarnos a Dios, nos ilumina en los momentos oscuros de la existencia, va dibujando dentro de nosotros el corazón de Jesús y nos hace totalmente suyos. Es sencillo, solamente hay que alimentarse de esta Palabra y dejar que ella “haga” dentro de nosotros, sin resistencia y con pobreza de corazón.
Dice el Papa Francisco que leamos el Evangelio cada día, que llevemos este “librito” con nosotros y nos acompañe siempre; yo también lo creo.
Aquellos que hemos descubierto hasta qué punto el Evangelio transforma nuestras vidas, no podemos prescindir ya de él.
Una vez que se ha hecho la Palabra: “viva y operante” en nosotros (Hebreos 4:12), la luz de Jesús inunda nuestra mirada, sujeta y sostiene nuestro caminar, conduce nuestras acciones, nos libera y nos hace crecer. Una vez que la Palabra se ha tejido en nuestro corazón, nos convertimos en seres luminosos y tenemos la Luz que salva al mundo, la que los hombres necesitan.
