“Dijo Jesús a sus discípulos: “En verdad, en verdad os digo: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva el padre lo honrará” (San Juan 12, 24-26).
COMENTARIO
Es una frase de uso corriente, pero nos puede servir para abrir la portada de nuestro comentario. El modelo es Jesús, que siendo “todo para todos”, se anonada hasta entregarse a la muerte en manos de sus enemigos, y para nuestra salvación. Él es el grano de trigo que sembrado por el Padre Eterno en la tierra buena de nuestra Redención, muere en la Santa Cruz y nos regala los frutos celestiales de la vida eterna.
Y vienen a mi mente en este instante las esclarecedoras y emocionantes palabras de Pablo en Gálatas 2,20: “Estoy crucificado con Cristo, vivo pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí”. Con declaración tan sentida y profunda, el apóstol Pablo nos entrega las claves de tan estremecedor alegato, pues nos dice acto seguido: “Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo”.
Este abajamiento del hombre, este descenso profundo a las simas de la miseria humana y de la humildad más sentida y sumisa, más allá de todo atisbo de falsa vanagloria, o de la vana ostentación y o del orgullo mundano que nos invade y nos esclaviza, es la clave certera y segura de ese otro amor más sencillo y consecuente, que no trae cuenta de las tentadoras pasiones humanas, ni busca el halago de los méritos y las justificaciones de cualquiera de nuestros actos, ni encuentra acomodo en el éxito y la ambición cumplida de nuestros proyectos más queridos, sino, que se sumerge en nuestra alma, empapa el corazón de consuelos inefables, y da cumplida respuesta a otros anhelos de proyección infinita que nos sacian de la esperanza cierta de la vida del Espíritu.
Y porque en definitiva, es el mismo Jesús el que se lo propuso al apóstol Pablo en su revelación más hermosa para su elegido: “Te basta mi gracia. La fuerza se realiza en la debilidad” (2 Corintios, 9).

2 comentarios
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