Dijo Jesús a sus discípulos «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros a vosotros el Reino.
«Vended vuestros bienes y dad limosna, haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla.
Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.
«Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas, y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran.
Dichosos los siervos, que el señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá.
Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos de ellos
Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen su casa.
También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre.»
Dijo Pedro: «Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?»
Respondió el Señor: «¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración conveniente?
Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así.
De verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda.
Pero si aquel siervo se dice en su corazón: «Mi señor tarda en venir», y se pone a golpear a los criados y a las criadas, a comer y a beber y a emborracharse, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los infieles.
«Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes; el que no la conoce y hace cosas dignas de azotes, recibirá pocos; a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más (San Lucas 12, 32-50).
COMENTARIO
La propuesta de hoy es una síntesis muy comprimida, del tiempo de la Iglesia, desde que Jesús se fue, hasta que vuelva, cuando ya todo sea claro para todos. Usa Lucas en boca de Jesús, -o Jesús en la pluma de Lucas-, un apelativo cariñoso, íntimo, definitorio, informativo, pero también vinculante en su compromiso del Reino: “No temas pequeño rebaño” porque vuestro Padre ha tenido a bien daros a vosotros el Reino.
Así lo veía Él, porque así era para el Padre, y así era su compromiso personal con un pueblo niño, casi recién nacido, al que podía llevar a hombros si se cansaba o se perdía.
Es tiempo de vigilancia, de observar cualquier movimiento y signo, interior o exterior, de la llegada del Señor. O incluso de un ladrón. Hoy tenemos muchos signos que nos hacen gritar ¡el Señor está cerca, salgamos a su encuentro! Y casi a la vez también podemos gritar ¡cuidado, estamos infectados de ladrones!
Por eso hay muchas razones para estar constantemente vigilantes, preparados, trabajando hasta que Él nos llame en la encomienda personal que a la vez es universal y católica, según la totalidad.
Descubrir que somos el ‘pequeño rebaño’ al que el Padre le ha querido dar el Reino, ya es una tarea que daría sentido a una vida, pero además es trabajo apasionante viéndolo desde el tema central del Evangelio de hoy: la Esperanza viva del Amor que está viniendo. Esperar al Señor que viene de una boda, -seguramente la suya en en cielo, ante su Padre–, para abrirle la puerta y que entre a su casa preparada, tiene un inmediato pago de ternura por su parte: yo os aseguro que se ceñirá, os hará poneros a la mesa y, yendo de uno a otro, os servirá.
Dios sirviendo al hombre ¡Qué grandeza de mensaje! Merece la pena esperar, aunque sea siglos, para llegar al encuentro que será un premio. Es por eso que el que ahora sirve a los hombres, se parece a Dios, y ese parecido le faculta para conocerlo y gozarlo, que es la esperanza de una vida humana.
Para adecuar la esperanza de ahora a la realidad que nos viene encima pronto a cada uno, hay que hacer un juicio sobre los bienes recibidos porque a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más. No solo se nos dará, sino que se exigirá respuesta de lo sembrado en cada uno. ¿Qué detecto en mi vida como semilla y regalo de Dios administrable por mí? Al menos saberlo ya es un principio de respuesta, porque la mayoría de las veces sus regalos pasan desapercibidos, incluso la vida. Y en eso no cabe hacerse el loco e ignorante como en algunas peticiones humanas, que escondemos para no tener que responder. Dios sabe lo que nos ha dado y nuestra postura para responder a su regalo. Cuanto más alta es la elección, más exigente será la calidad de la respuesta. ¡El premio merece la pena!

4 comentarios
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