«Habéis oído que se dijo: «Ojo por ojo, diente por diente». Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas» (San Mateo 5, 38-42).
COMENTARIO
“Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte…” Conocemos la solicitud del corazón de Jesús por todos, cómo se compadece ante las necesidades, y con qué determinación se manifiesta su deseo de iluminar las inteligencias cuando las multitudes se le acercan en busca de luz y esperanza. En el discurso de la montaña ha querido mostrar una vez más que, como el auténtico y definitivo Maestro, Él trae a plenitud la Ley, revela lo que estaba implícito en ella: una auténtica liberación del pecado, de la violencia y el resentimiento. Qué bien conocían los que escuchaban a Jesús, y nosotros, la espiral del mal cuando se desata y se la sigue. Cuántos podrían y podemos sentir la profunda verdad de sus palabras con solo mirar a la experiencia propia y cercana. El mal cunde por el mimetismo reactivo que provoca, y solo la gracia nos hace capaces de romper esa cadena, hacer presente el bien y cancelar el agravio. Desde aquel día del discurso de la montaña hasta aquel otro de la montaña del Calvario, todos pudieron -podemos- comprobar que aquellas palabras novedosas, quizás extrañas, pero que despertaban una inesperada profundidad en el corazón, se cumplían y hacían vida en Jesús. Y al tercer día de aquel viernes, de aquel gran fracaso, supieron y sabemos que eran y son palabras eficaces de auténtico bien, de vida eterna.
